Cuando mi compadre fue a la cocina por el tinto, el perro, que escuchaba su relato, salió tras él. Se detuvo a mitad de camino y regresó a la estopa rota.
Ahí donde lo ve, compadre, ese animalito escucha bien. Ponga cuidado y verá lo que pasa.
Aquí en Patio Bonito vivió el jefe de una cuadrilla, Chepe Cuello, con Ariela, su mujer. Tuvo una tienda muy surtida. Vendía de todo. Una verdadera miscelánea. Más parecía una fonda, y todo mundo por aquí compraba para no tener que ir al pueblo.

El cabo primero, Pinal Luis Daniel, que estaba al comando del puesto de policía del Cusco, tuvo en esos días una discusión con él, y andaba confirmandosospechas que tenía sobre otras actividades de Cuello.
Cualquier día fingió ir a comprar algo, pero llevaba en el bolsillo la orden de sellamiento. Habló con Cuello, y le dijo que tenía que irse para el pueblo.
Mire hombre, no entiendo por qué me sella el negocito, dijo Cuello, que resignado partió a los días con la mujer y puso el negocio en la vereda La Pista, por la salida de Montenegro, hacia Baraya.
Las cosas quedaron así por un tiempo, hasta que un día el inspector, dueño de una panadería en el pueblo, bajó al puesto de policía en el jeep de Rafaelito. Por el camino salió un muchacho pálido, que tenía más color la pared en que estoy recostado, y subió al jeep.
Iban llegando a un guadual cuando el muchacho sacó un revólver y le pegó un tiro en la nuca al inspector Pinal; se tiró del jeep, echó a correr y se perdió por entre los cafetales.
Rafaelito, asustado y sin nadie que lo ayudara, como pudo bajó al muerto, lo recostó a un lado del camino y fue al puesto para avisar lo sucedido.
Hombre Rafaelito, ¿usted cómo es que hace esto, por qué lo bajó del carro? Ahora lo van a implicar en el crimen, le dijo el encargado del puesto de policía.
Al fin nada pasó. Era un muerto más por la violencia. Hombre muerto y enterrado.
Compadre, dijo Jorge Eliécer, cualquier día me vine para la casa con un amigo, y por el camino apareció un trabajador y nos preguntó si no habíamos oído una balacera.
No, nada, no hemos oído nada, le dijimos.
¿Cómo que no oyeron nada?, si hubo un enfrentamiento de la policía con los bandoleros, nos afirmó el hombre y siguió.
Cuando llegamos a la casa, nos repitieron el mismo cuento: que hubo una balacera en los cafetales, frente a mi casa.
Tampoco pasó nada, no se volvió a comentar nada por muchas semanas. Hasta que un día nos contaron la verdad, aquí, en el corredor de esta tienda, en donde estamos sentados ahora.
Resulta que lo que pasó fue lo siguiente:
El encargado de investigar la muerte del inspector, logró reunir evidencias acerca de los culpables del crimen. Resulta que el muchacho que lo mató vivía en una finca cerca de aquí. Más exacto, ahí al frente, después de pasar ese cafetalito que usted ve allá, y que tiene al fondo un guadual. El declarante cantó que el responsable había sido Chepe Cuello, para cobrarle el sellamiento que le había hecho de la tienda. Lo capturaron con otro cómplice y se llevaron a los tres hombres al cafetal.
Observé que el viejo perro de mí compadre, que durante el relato apenas parpadeaba y se rascaba, se levantó, sacudió la cabeza, nos miró y se quedócomo yo, prestando atención.
Los llevaron al cafetal, les ordenaron abrazar un árbol en círculo,los esposaron.
Uno de los policías les preguntó, si ellos eran culpables de la muerte del inspector.
Sí, señor, somos culpables, confesaronChepe Cuelloy sus cómplices a una sola voz.
Después les quitaron las esposas.A cada uno le marcaron con lapicero un círculo en el pecho: después, arrodillados, les hicieron diana en el corazón.
Mire compadre, me dijo el compadre Jorge Eliécer, y con el dedo se dibujó un pequeño triángulo alrededor del corazón.
Fueron cosas de la violencia que casi nadie recuerda, y si las recuerda no quiere o teme contar.
El perro terminó de levantarse y con paso lento se dirigió al interior de la tienda.
Compadre, el perro lo estaba oyendo, le dije.
Si, compadre, de tanto que me ha oído contar las mismas historias de la violencia, creo que se las aprendió de memoria… y por lo menos,ya sabe cuándo terminan, porque mire… se fue y nos dejó solos…