El chófer de Einstein / Por Julio Cesar Londoño

Bio-Albert-EinsteinHuyendo del ángel exterminador del nazismo, el físco judío Albert Einstein se fue a vivir a los Estados Unidos en 1935. Los americanos lo acogieron con presteza, le dieron una levísima carga académica en Princeton University, una casa bonita en los suburbios y un Packard negro con chofer blanco. Su nombre ya era conocido en el mundo entero pero no su rostro porque aún no le habían tomado la famosa foto con el pelo alborotado y la lengua afuera que habría de convertir su imagen en un ícono universal. Einstein leía poemas y filosofía  (Heine y Poincare eran sus favoritos), dictaba conferencias y veía películas de vaqueros con Kurt Godel, un orate austriaco que acaba de poner a la matemática en su sitio.

 

            Un día el chofer le dijo, vea don Alberto, ¿cuánto apostamos que yo también soy capaz de dictar una conferencia sobre la relatividad? Einstein sonrió en silencio. Este Jaime tiene un humor excelente, pensó. Es en serio, profesor, insistió el hombre. Llevo tanto tiempo oyéndolo hablar de eso que ya me lo aprendí. ¿Está seguro?, preguntó Einstein entre admirado y ofendido. Completamente, respondió Jaime. Bueno. Justo ahora voy a dar una charla para la prensa. Para los redactores de divulgación científica. Tome mi lugar, dijo en tono desafiante.

            Así lo hicieron. Einstein se sentó entre los asistentes y Jaime subió al estrado. Hizo una exposición tan ortodoxa de la teoría de la relatividad como si la estuviera explicando el mismísimo autor. No, mejor aun, porque Jaime tenía una facilidad de palabra singular y no abusaba de la jeringonza física.

            De pronto saltó un “gallo tapado” en el auditorio. Sin preámbulos, se vino lanza en ristre contra dos puntos débiles de los trabajos del alemán. Afirmó que la constante cosmológica era un tanto… inconstante, y criticó el hecho de que su teoría del campo unificado ignorara los recientes descubrimientos de la física cuántica.

            Jaime palideció. Esto era demasiado para cualquiera. Angustiado, miró al profesor en busca de auxilio pero Einstein se limitó a esbozar una sonrisa malévola. Entonces le llegó la inspiración: Esa es una pregunta tan sencilla que hasta mi chofer puede responderla, dijo señalando al malévolo. Cogido por sorpresa, Einstein se puso de pie. Inició su intervención reconociendo que la constante cosmológica necesitaba algunos ajustes, hizo chistes contra la mecánica cuántica, “esa metafísica donde las cosas son y no son”, ironizó contra los viajes en el tiempo apoyándose en la Paradoja del Abuelo, contó aspectos desconocidos de la personalidad de “mi célebre patrón”, cerró su discurso ponderando la obra de “este hombre que ha sido capaz de curvar el universo”, y el auditorio le tributó una ovación cerrada.

            Al día siguiente los diarios registraron la noticia con el ante título: “Un éxito la conferencia de Einstein”. Y luego, en letras grandes, El chófer se robó el show. Se lo dije, dijo Jaime poniendo el dedo sobre el titular, y ambos sonrieron.

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