Camino de tinta y recuerdos

Alberto Ríos (Atalaya).

 Por Manuel Tiberio Bermúdez

Hablar con Alberto Ríos, es viajar por un camino de tinta y signos hacia el pasado histórico de esa ciudad llamada Caicedonia.

Perdió su apellido familiar, pero a cambio, el querer ciudadano le signó con el de su empresa, pues todo Caicedonia lo nombra como Alberto “Atalaya”, o simple y llanamente: “Atalaya”.

Rios
“Atalaya” es del grupo de los entrañables, de aquellos que ejercen con pasión y devoción, el oficio que escogieron en la vida.

“Atalaya” es del grupo de los entrañables, de aquellos que ejercen con pasión y devoción, el oficio que escogieron en la vida. Siempre, fiel a su actividad, Alberto ha sido, desde que llegó a Caicedonia, el tipógrafo del pueblo. Por sus manos diestras ha pasado el pensamiento, los llamados, las diatribas, los anuncios, las invitaciones, las confrontaciones ideológicas, y la gran mayoría de los sucesos importantes en la ciudad. De sus máquinas de impresión ha salido parte de la historia de esta ciudad que a veces olvida a quienes fueron protagonistas de la construcción de lo que hoy es la ciudad Centinela del Valle del Cauca.

Bajo de estatura, trigueño, de buena charla con sus amigos y silencioso con quienes desconoce, Alberto Ríos, es un hombre que ha cultivado la amistad de muchas personas que lo aprecian por su don de gentes, por su trato agradable y afectuoso, pero, sobre todo, porque al frente de su empresa Atalaya, ha visto transcurrir esa Caicedonia que se expresa en palabras escritas.

Así recuerda su llegada a Caicedonia.

“Llegue a Caicedonia en 1955 proveniente de Sevilla, mi tierra natal. Vine a pasar unos días con mi familia que estaba residenciada aquí desde el año de 1951. En el año de 1954 había muerto mi padre que se llamaba Heliodoro Ríos Londoño, de los Londoño de Manizales y estaban viviendo aquí mi mamá, dos hermanos y un sobrino. El sustento de la familia, para esa época, era mi hermano Cesar Augusto Ríos García, quien administraba desde sus inicios, la tipografía Atalaya traída a Caicedonia en 1951 por los señores José Aguilera y Luis Ernesto Arbeláez, sociedad que no duró mucho tiempo, pues don Luis Ernesto Arbeláez compró la parte del señor Aguilera y se convirtió en único propietario de la tipografía. En esa época el taller de tipografía estaba ubicado en la Carrera 15 entre calles 6a y 7ª, en los bajos o sótano de una casa que todo el mundo llamaba “la casa quinta” situada frente a la actual funeraria Cristo Rey”.

“Aparte de querer visitar a mi familia, yo traía la secreta esperanza de encontrar un puesto en el magisterio, pues por aquellos tiempos, quien hubiera estudiado hasta tercero de bachillerato, que era mi caso, podía aspirar a enseñar y yo me sentía en capacidad de hacerlo. El supervisor o encargado del magisterio era don Félix Vera a quien manifesté mis aspiraciones y me ofreció su ayuda para acceder al cargo”.

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Alberto Ríos y Pedro Luis Barco

“Paralelamente a la espera de la respuesta yo me puse a ayudarle a mi hermano Cesar en los quehaceres de la tipografía, mejor dicho, a aprender pues yo no tenía ningún conocimiento sobre ese oficio. Pero el destino señala caminos insospechados y a los dos o tres meses de yo estar en Caicedonia, ayudándole a mi hermano, él, por motivos ajenos a su voluntad le tocó irse del pueblo y se radicó en Cartagena. A su partida me pidió que por favor le entregue la tipografía a don Luis Ernesto, el propietario”.

“Esperando a don Luis Ernesto yo me hice cargo por algunos días de la tipografía dando continuidad al trabajo que realizaba mi hermano y cuando enteré a don LEA, como se le llamaba a don Luis Ernesto, del viaje de mi hermano, él me dijo bastante disgustado, pues mi hermano se había ido sin avisarle:

-“¿Ahora, dónde me consigo un tipógrafo para que maneje esta tipografía? “-

“Como la oportunidad salta de un momento a otro y además cómo estaba buscando trabajo y se agregaba ahora que la responsabilidad de la manutención de mi familia caería sobre mí, inmediatamente le ofrecí mis servicios.

-“Si lo desea yo puedo administrar la tipografía don Luis Ernesto”, le dije.

Y como ya empezaba a nacer en mi interior la profesión le agregué una cuña en mi favor.

-“Y le aseguro que hasta mejor que mi hermano”. Cañazo que surgió del deseo de hacerme al puesto.

-“Y usted si tiene experiencia en esto de tipografía” –preguntó don LEA.

Yo haciendo uso de mis más convincentes palabras le aseguré:

– “Mire don Luis Ernesto, yo toda mi vida he trabajado en esto, ¿no me siente el olor a tinta? Por eso le aseguro que soy capaz de manejar este negocio mejor que mi hermano”.

Nos pusimos de acuerdo en el pago a mi trabajo y comenzó mi vida al frente de la tipografía Atalaya. Éramos dos las personas que laborábamos allí, otro empelado y yo. Eso fue en el año de 1955”.

Hacia 1955 esa ciudad de tan sólo 45 años de vida municipal tenía unas características especiales. Esta es la memoria que Alberto Ríos guarda de esa Caicedonia que le dio albergue.

“Caicedonia siempre ha sido un pueblo bonito, de calles amplias. Por aquella época no todo estaba pavimentado como hoy en día, pero era un pueblo amañador. Recuerdo que unas de las principales fuentes de trabajo era La Trilladora La Mariela, La Federación de Cafeteros, y también la alcaldía municipal que muy seguramente proveía un gran número de empleos”.

“Respecto a edificaciones públicas, Había hospital que suplía todas las necesidades de la población. Estaba la iglesia totalmente construida, la Alcaldía quedaba frente al parque de Las Palmas, era una casona grande de dos pisos. En la parte alta funcionaba la alcaldía con sus dependencias y en la parte baja estaba la cárcel municipal, si no recuerdo mal, la Administración Postal también”. “Recuerdo que el personero era don Gerardo Osorio. Creo que el alcalde era un Capitán o teniente de apellidos Campo Bejarano”.

“Luego la alcaldía la trasladaron a la parte alta de lo que hoy es el Directorio Conservador Carrera 16 Calle 7ª esquina. Recuerdo que la secretaria del Alcalde era Zaide Marín, hermana de nuestro muy querido amigo Belisario Marín Montes. Creo que ahí en esa ocasión estaba de alcalde un teniente de apellido Cáceres, era una época de mucha violencia y los alcaldes que nombraban frecuentemente eran militares”.

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Acompañando a Mario Ramírez en el lanzamiento de su libro P´a arriba es pa allá´.-

“Posteriormente la Alcaldía fue traslada a lo que se llamaba “El Rancho Club” un sitio diagonal a la Samaritana. El Rancho Club, era un lugar de reunión en donde se realizaban bailes, actividades sociales y también sesionaba el Club de Leones. Era muy popular en su momento. En la esquina, donde hoy se levanta el Palacio Municipal estaba la Farmacia Caracas, propiedad del médico Eduardo Gómez y de Doña Tulia Gutiérrez. Por lo demás la ciudad era tranquila y acogedora”.

De alguna manera Caicedonia se expresaba y daba a conocer su pensamiento y su sentir. Hubo espacios para las ideas en publicaciones que se aventuraron al escrutinio público, pero que servían además para afianzar el caicedonismo. Alberto rememora las publicaciones de la época.

“Yo recuerdo algunas publicaciones que hacíamos en la tipografía como el “Rugido”, que era una revista del Club de Leones. A mi hermano Cesar le tocó editar, la revista “Germinal”, que creo que era de don José Aguilera. Mi hermano era muy inquieto y para fechas especiales como el día de la madre, o fechas patrias, sacaba pequeñas revistas que se obsequiaban porque eran patrocinadas con pauta del comercio”.

“Uno de los productos de más demanda en la tipografía eran los carteles que anunciaban funerales. En ellos se informaba el fallecimiento de las personas bien fuera por muerte natural o, lo que predominaba en el momento, la muerte violenta, debido a la ola de víctimas que trajo esa época fatídica que azoló al país y de la cual Caicedonia no se escapó. La gente se acostumbró a ordenar esos trabajos para invitar a los entierros. Esos carteles tenían una clientela fija: Chepe Duque, Marino Atehortua, el médico Cadavid, Fernando Henao, Tulio Sánchez, quienes, en un gesto de solidaridad, porque muchas veces ni conocían al finado, daban a conocer los fallecimientos por ese medio. La tipografía se acostumbró a visitar a la gente a ver quién iba a mandar a hacer los carteles aquellos y esta era una de las principales fuentes de ingreso para la tipografía en esa época de la violencia”.

“Otro de los productos con un toque simpático eran los cancioneros que hacíamos en la tipografía. Llamaba “Cancionero Melodía”. Salió pocas veces, pero fue muy apreciado. Allí se hacían dedicatorias de los muchachos enamorados hacia sus novias. Decía: “esta canción va dedicada de fulano de tal para la señorita zutanita”. Como anécdota hay una persona que vivió muy agradecida conmigo, don Omar Osorio, porque con una dedicatoria de esas convenció a su novia”.

También sacamos otra publicación que llamaba “Mi patria” con himnos, canciones y poesías muy colombianas que tenían un carácter didáctico”.

“De las personas que recuerdo con alguna inclinación hacia las letras está Oscar Piedrahita, quien luego formó parte del grupo que escribió la monografía de 1954, editada por la Tipografía Atalaya, auspiciada por don Luis Ernesto Arbeláez, Dirigida por Roger Ríos Duque y escrita por el magisterio de Caicedonia, en la que también aparecen como colaboradores Guillermo Gómez, César Ríos, entre otros.

Creo que fue la publicación más importante que por ese tiempo hicimos. La produjo mi hermano Cesar y tiene una historia muy particular pues salió con muchísimos errores de ortografía y los editores con el ánimo de enmendar lo sucedido le incluyeron una “fe de erratas” que no es otra cosa que una relación de los errores encontrados en una publicación para dar a conocer el error y su corrección con tan mala fortuna que escribieron “fe de herratas” con h para peor tormento”.

Así mismo, en la tipografía sacamos un libro de agricultura con una historia especial. Un día cualquiera llegó un hombre a la tipografía y ordenó la impresión de un libro sobre agricultura. Pagó el trabajo y nunca más volvió a aparecer el hombre a reclamar su libro. Don Luis Ernesto, quien era el dueño de la tipografía y con el fin de que ese trabajo no se perdiera, le puso un título que ahora no recuerdo y en el que se leía “patrocinado por Luis Ernesto Arbeláez” y así nos salimos de la publicación.

Otras publicaciones también se hacían en la tipografía aun sin ser de Caicedonia como “La Ponzoña y La Razón”, “La Mañana” que era un periódico de Orlando Arcila, todas publicaciones de Sevilla. Posteriormente por iniciativa de Manuel Tiberio Bermúdez imprimimos “Saeta”, un periódico con mucho impacto, que gustó mucho y que no sépor qué motivo se terminó. Más tarde, Álvaro Aguilera publicó un periódico que se llamaba “Germinal”, en memoria de la revista que su padre tuvo años atrás”.

“Respecto de la Segunda Guerra Mundial, que pregunta el cuestionario propuesto por los realizadores de este trabajo, no tengo mucho que aportar pues lo único que se conocía de la guerra era lo que nos llegaba por la prensa capitalina y la radio, pero en Caicedonia no recuerdo que haya causado impacto alguno”.

La ciudad avanza. De 1955 a hoy, Caicedonia ha sufrido cambios en sus gentes, en su entorno, en sus edificaciones. Para cuando Alberto Ríos llega a Caicedonia este es el panorama que encuentra.

“La iglesia Nuestra Señora del Carmen, ya estaba totalmente terminada y el párroco del momento era el Presbítero Luis Enrique Sendoya, gran poeta, hombre culto quien movió a la juventud a propuestas culturales importantes. Luego recuerdo como párrocos a Jorge Parra Urrea, a Gabriel Parra, entre otros.

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Alberto Ríos. 

Respecto al hospital Santander recuerdo que estaba terminado en parte, luego fue ampliado y se convirtió en una casa de salud que fue orgullo de nuestra región pues servía no sólo a las personas de Caicedonia, sino que de municipios vecinos eran atendidos aquí y mire usted que paradoja, cuando más se necesita y su oferta de servicios debería ser mejor y más amplia, lo toma para administrarlo el municipio y se vino abajo. Hoy es una edificación muy bonita, grande pero que no presta sino primeros auxilios. Es una lástima que esto haya sucedido”.

Respecto al parque “Gutiérrez y Arango”, o sea lo que hoy llamamos el parque principal, ha sufrido algunas modificaciones en busca de hacerlo más bonito y funcional. ¡En cuanto a el parque de las palmas cuyo verdadero nombre es “13 de junio”, ha sido un parque casi inamovible con algunas excepciones como el monumento en homenaje al cacique “Chanama”! Es un parque muy hermoso que causa admiración a los visitantes y que debe conservarse”.

“Con relación al matadero no tengo mucho que decir, solamente sé que ha sufrido modificaciones para colocarlo acorde con las necesidades de la población”.

“La galería. Me tocó conocer el mercado que se hacía donde hoy se levanta la moderna galería. Era un mercado colmado de tolditos en donde se vendían los productos del consumo cotidiano. Posteriormente la modernidad nos trajo la actual construcción que creo que cumple con los requerimientos de una población en continuo crecimiento”.

“Del acueducto, me tocó conocer el que estaba ubicado en las cercanías del actual Club de Caza y Pesca, dos o tres tanquecitos que cumplían con las necesidades de la ciudad de entonces. Luego viene la construcción del nuevo en el Alto que trae una mejor agua para el consumo. Algunas manifestaciones de la comunidad se tuvieron que dar en Caicedonia para que se atendieran las necesidades de proveer a la ciudad de una agua más sana y menos contaminada que en la que alguna época consumimos”.

“De la Telefónica Municipal solamente recuerdo que nos comunicábamos por medio de unos teléfonos de manivela y eran de tres números únicamente. Uno descolgaba la bocina, daba cuerda al aparato y le decía a la operadora que numero necesitaba y ella establecía la comunicación. Era una hermosa época de los inicios de la modernidad que hoy vivimos”.

La tipografía Atalaya siempre fue vecina de otro sitio mojón de la historia de Caicedonia: el Teatro Aladino. La historia de ese espacio que hoy es sólo recuerdo la rememora así Alberto Ríos.

“Había en Caicedonia un teatro llamado “Junín”, o teatro parroquial, no recuerdo muy bien el nombre, pero estaba ubicado en la parte posterior de la iglesia. Había otro, el Teatro Caicedonia, que estaba en donde hoy se levanta el Teatro Aladino, pero empezó a funcionar en donde hoy es el Banco de Colombia. Ese teatro era de Héctor Osorio. Héctor le compró al señor Rogelio Gaona el Teatro Caicedonia y terminó con él para dejar el Teatro Aladino como la única sala de cine de la ciudad”.

“Bajo el lema “Teatro Aladino en espectáculos lo mejor” Caicedonia hizo de este lugar un sitio de encuentro para recrearse con las películas que allí se exhibían. Fue, ese teatro, cómplice de enamorados que buscaban la oscuridad de la sala para reafirmar su amor. Sin lugar a dudas muchos matrimonios nacieron de los besos y los abrazos que el teatro les posibilitaba a los enamorados”.

“Héctor fue una persona que quiso mucho su empresa y a Caicedonia y de la vieja e inmensa casona donde se proyectaban las películas, construyó un moderno edificio que albergaba todas las tecnologías de la época para la proyección de cine. Su Teatro, fue de los más destacados del momento y se convirtió en orgullo para su propietario y para la ciudadanía caicedonita pues tuvo la reputación de ser una de las mejores salas de cine en el Valle del Cauca”.

“Pienso que don Héctor acercó a las gentes de Caicedonia, primero, a las películas más importantes del momento y segundo, a los espectáculos en vivo de más calidad de la época. Allí se presentaros artistas de la talla de Libertad Lamarque, Leo Marini, Hugo Romani, Lucho Gatica entre otros muchos espectáculos de gran calidad que le ofreció a Caicedonia. Era un hombre que recibía, pero lo daba a su ciudad excelentes productos”.

“Lastimosamente la llegada de la modernidad, y aparatos como el betamax, entre otros, saco de circulación a las salas de cine y los teatros se fueron a menos, se quedaron sin clientela, se aburrieron de soledad. Don Héctor no fue la excepción y también resultó damnificado por la modernidad hasta tener que cerrar el Teatro.

Fue un hombre admirable pues construyó uno de los espacios más importantes para las gentes de Caicedonia. El disfrute de ese espacio le duró poco por las razones ya expuestas y sus ingresos se acabaron. Cuando lo sorprendió la muerte creo que podemos decir que era un hombre pobre que tuvo que poner en venta su Teatro pero que no le encontró comprador. Pienso que el Municipio debió de haberlo comprado. Es más, creo que a su muerte la ciudad no le rindió un homenaje, ni el municipio se expresó por medio de un decreto de honores hacia un hombre que le aportó tanto a Caicedonia”.

“Pienso que muchos aun recuerdan el servicio que el Teatro, además del cine ofrecía a la gente. Héctor instaló por su cuenta, en lo más alto del edificio, un altoparlante que era voz para la ciudad, pues se oía en casi toda la población. Por ese medio la Caicedonia se enteraba de los sucesos cotidianos importantes: de los decretos municipales, de los fallecimientos de personajes ilustres, de los espectáculos en su teatro. Su voz inconfundible, de una muy buena dicción y entonación fue durante muchos años la que enteró a la ciudad de su acontecer. Hoy el teatro, esa edificación que aún se muestra orgullosa en la carrera 16, muy seguramente no le dice nada a los muchachos de la generación del DVD y otros artilugios modernos”.

Respecto a la revolución de los años 60 y 70, Atalaya señala:

“Creo que Caicedonia ha estado siempre a tono con los sucesos que marcan los cambios en el país. Los acontecimientos de la revolución cubana trajeron en todo el mundo una especie de ola revolucionaria que convirtió a los jóvenes en muchachos más conscientes y rebeldes. La moda, la música, las nuevas formas de expresión en Caicedonia, también tuvieron sus seguidores. Jóvenes de la época que vivieron todos estos cambios a su manera y que también se expresaron de acuerdo al lugar en el que les correspondía la vida en ese momento. Recuerdo a algunos de ellos: Oscar Piedrahita González, que aunque no vivía en Caicedonia asumía posiciones desde la poesía, y aparece firmando el último manifiesto nadaista; Rodrigo Tabares, Manuel Tiberio Bermúdez y Jairo Serna Salazar, se expresaban por medio de la letra impresa, la poesía y con publicaciones como El Volcán, un periódico mimeografiado que hacía propuestas a la juventud no sólo del Colegio Bolivariano sino a la de toda la ciudad y más tarde Saeta, una publicación incitadora a la búsqueda de un pensamiento menos encasillado y más amplio que trascendiera los linderos del pueblo. Posteriormente surgió el Movimiento de Unidad Social MUNSO, que hacía labor social con las gentes más necesitadas. Hay un auge del Teatro como manera de expresión. Se crearon algunas agrupaciones que se solidarizaban con los que menos tenían. Surgen algunos movimientos políticos como el Partido Comunista que tiene algunos seguidores y dirigencia en la ciudad, en fin, pienso que Caicedonia también de una manera vive esos años de cambio y a su modo lo expresa”.

“En Caicedonia pocas son las figuras que han sobresalido en el ámbito cultural y en especial en las letras. Después de que se van de Caicedonia: Oscar Piedrahita, Roger Ríos, surgieron: Jairo Serna, Manuel Tiberio Bermúdez, Rodrigo Tabares, entre otros, que gracias a su iniciativa creo que se fundó la Casa de la Cultura. No sé qué circunstancias, sí políticas o qué se dieron, pero apareció otra Casa de la Cultura y entonces decayeron los ánimos de sus primeros fundadores y la entidad inicial fue a caer en manos de la Administración municipal y creo que no es mucho lo que en este aspecto ha tenido Caicedonia”.

Quien haya vivido en Caicedonia después del año de 1948, muy seguramente le tocó vivir la llamada época de la violencia, tiempo en el que la muerte se enseñoreó de los pueblos de Colombia y que también en Caicedonia tuvo altas manifestaciones dejando un gran número de muertes. Los odios de partido, se impusieron sobre el afecto ciudadano, las amistades se trocaron en animadversión y la muerte dejó su huella de llanto y dolor sobre la piel de esta región y en el alma de sus habitantes. Alberto Ríos analiza así las incidencias negativas de ese amargo pasado en el desarrollo de Caicedonia.

“Fue una época totalmente negativa para nuestra región porque desafortunadamente para nosotros fue un momento en el que la prensa capitalina llamaba a Aures, “El Estado soberano de Aures” y decía que ni el ejercito podía entrar a esa región. Por esa circunstancia, Caicedonia se pone en la mira de los medios y nos señalan como una ciudad violenta. Empiezan a popularizarse nombres como los de la familia Toro y la de los Vargas, pues se dice que hubo una discrepancia entre ellos por ver quien dominaba la región, y finalmente el dominio parece que queda en manos de los Vargas. Desgraciadamente por la violencia, muchas de las gentes que tenían sus fincas en Burila, en Aures, en toda la región, los hicieron salir pues se impuso lo que se denominó el boleteo y les compraban sus tierras a precios irrisorios”.

¿Cómo vive usted esos momentos de la violencia? ¿Ya era de su propiedad la tipografía?

“No, la tipografía aún no era mía, pues yo la administré hasta 1964. En ese año, gracias a Dios, con medio quinto de lotería que me gané con mi muy querido amigo lotero, “Jibarito”, sobrino de don Rubén Flórez pude hacerme propietario de ella.  El premio fueron 43 mil pesos, es decir, nos tocó de a 21.500 pesos. Eso era mucha plata, pues con ese dinero se compraba uno tranquilamente una casa muy buena aquí.

Por ese entonces mis buenos amigos como el “Mocho” Aurelio Escobar, y algunos otros, me aconsejaron que no me fuera a beber esa plata –pues a mí me gustaba el aguardientito- y yo les respondí que tenía el propósito de hacerme con ese dinero a un negocito de tipografía. Efectivamente a los tres meses de haberme ganado esa plata, don Luis Ernesto me la vendió”.

En cinco minutos de empleado a propietario

Pero como perro viejo ladra echado, Alberto hizo la transacción con don LEA y pasó de ser empleado a propietario de la única tipografía del pueblo. Los recuerdos llegan y son narrados así:

“Cuando don Luis Ernesto se enteró de que me había ganado la lotería me llamó y me dijo que le preste la plata a interés. Yo le dije que no tenía el dinero para ponerlo a interés, sino que quería comprarme un pequeño negocio de tipografía”.

-Si usted me quiere vender la Tipografía Atalaya, yo se la compro – le dije pues me sentía muy rico en ese momento.

“Para esa época don LEA ya había dejado su depósito de granos que había tenido y que estaba ubicado en los bajos en donde hoy es edificio de la Familia Gualteros, enseguida de un granero que tenía don Julio Cárdenas Suárez”.

“Aquí tengo que precisar que don Ernesto Arbeláez fue un líder cívico por excelencia, fundador de la empresa de transportes Burila, primera empresa de transportes que tuvo Caicedonia y su huella ha quedado registrada en muchas cosas que tienen que ver con el desarrollo de este pueblo”.

“Le decía que él había dejado su depósito de granos y había comprado una papelería al señor Octavio Rojas, que quedaba diagonal a la Panamericana y que enseguida tenía otra papelería el señor Rubén Flórez. Cuando le propuse comprarle la tipografía me dijo que no.

Luego unos pocos días después me dijo: “Esta bien, le voy a vender la tipografía” Fue un negocio que se hizo en cinco minutos.

Don LEA me dijo: “Vale 30 mil la tipografía”.

Yo le dije: “No, don LEA, eso es muy caro, me está pidiendo el doble” y me respondió: “entonces la tipografía no vale sino 15” y yo le dije: “pues para mi no vale sino 15 don Luis Ernesto”.

Me miró y me dijo: “cuánta plata tiene usted”. “yo tengo 20 mil pesos” – le respondí. Y me dijo: “lo que pasa es que a usted le da miedo quedar debiéndome los 10 mil pesos”. Pero como yo trabajaba con él al porcentaje (al 25% de las entradas) teníamos una cartera de 12 mil pesos. Don LEA hizo mentalmente las cuentas y me dijo: “usted no tiene 20 mil pesos, usted lo que tiene es 23 mil pesos que son el 25% de ese dinero. Entonces hagamos un negocio. Yo cobro toda la cartera, usted me da los 20 mil pesos que tiene y me firma un paz y salvo por prestaciones sociales”.

“Como mi idea era quedarme con la tipografía yo acepté el negocio y así me hice propietario de la Tipografía Atalaya. Puede que me haya salido más caro de lo que él pedía pero logre mi meta que era quedarme con la Atalaya. Eso fue en 1964, luego de 8 años de trabajar con don Luis Ernesto.

“Le dejé el mismo nombre porque siempre me ha parecido que va muy de acuerdo con los propósitos de la misma que es ser una Atalaya cultural. Para quien no lo recuerda una Atalaya, es una torre hecha comúnmente en lugar alto, para registrar desde ella el campo o el mar y dar aviso de lo que se descubre”.

Con el transcurrir de los años, la tipografía ha derivado hacia la modernidad buscando siempre la satisfacción de sus clientes y además ponerse a tono con los tiempos modernos. La empresa nace, según Atalaya con:

“Dos máquinas Chandler, que son maquinas manuales hechas para que duraran toda la vida. Las tenemos aun en la tipografía y considero que tienen mucho más de cien años, son las mismas maquinas con las que inicié. Una cortadora de pliego y las fuentes de tipo.

Hoy en día tenemos una maquina tipográfica automática, una litográfica Multilit que produce trabajos de muy buena calidad y una Rioby de ¼ de pliego para sacar afiches y otros trabajos que ha ido requiriendo la ciudad. Quedó atrás la época del cajeado o sea armar un texto letra por letra que dejaba su huella inconfundible en las manos para pasar a la modernidad del computador eficiente y limpio de hoy.

Nuestro lema siempre ha sido “desde una tarjeta hasta un libro”, que creo que nace cuando se sacó la Monografía en 1954.

Luego de que yo adquiero, la tipografía se convirtió en una empresa familiar en donde hemos estado involucrados todos los de la familia: Jorge Alberto, Rodrigo, Maribel y yo. Esta unión nos ha posibilitado el progreso y la unión como familia trabajadora.

Caicedonia no se escapó a la difícil época de los odios y la sangre por culpa de los rencores partidistas y de este terrible periodo también, en medio del dolor, surgen los momentos que se vuelven anécdotas en el recuerdo de las gentes. Para Alberto como empresario que vivió ese pasado quedaron en su mente algunos episodios que hoy rememora para nosotros.

“Aquí se hacían los volantes para todas las expresiones no importaba de que sector político procedían, pues al fin y al cabo éramos el único negocio de impresión en el pueblo o sea que de alguna manera éramos los difusores de esas voces hechas papel. Podrá usted imaginarse, por ejemplo, la ortografía, ese era uno de mis principales trabajos. Ser el impresor era lo de mi trabajo “oficial”, pero además me convertí en el corrector de estilo, pues siempre me he preocupado porque los trabajos que aquí se realicen sea impecables en ese aspecto. Eso siempre la gente lo agradeció, que sus textos salieran sin errores ortográficos. Aunque nunca faltó el obstinado que a pesar de las recomendaciones decía: “eso déjemelo como está, no me le mueva una coma”.

Me ocurrieron cosas como esta. En un momento dado cualquiera de los directorios políticos me trajo un texto para hacer un volante criticando a un señor alcalde militar que había. No sépor qué circunstancias el alcalde se dio cuenta de que iba a salir ese volante y en la noche llegaron a mi negocio tres policías y me dijeron:

– ¿Con que usted va a sacar un volante contra el señor alcalde?

– Ya lo saqué – les respondí

– Es que eso no se puede publicar -dijeron casi en coro-

– Eso si se puede publicar –les respondí- porque esto es una tipografía y yo estoy haciendo es un trabajo de tipografía y el documento tiene firmas responsables.

Con anterioridad a este episodio que le cuento yo ya había tenido una experiencia pues hubo un alcalde que me envió un comunicado que decía que todo volante que fuera a imprimir tenía que llevar el visto bueno de la alcaldía.

En alguna ocasión vino don Hernando Álvarez Correa a que le imprimiera un volante y yo le dije que tenía que someterse a llevarlo a la alcaldía para que se lo aprobaran. El me dijo que no, que aquí en Colombia no había cesura de prensa. Se lo llevó y lo mando a imprimir en Armenia. Al sábado siguiente lo repartieron en todo el pueblo y el alcalde me mandó un soldado armando a decirme que me presentara en la alcaldía. Yo me había amanecido trabajando y le respondí que mas tarde iba cuando me pusiera decente para acudir a la oficina del alcalde.

-Es que lo necesitan es ya – me dijo el soldadito

-¿Ah, respondí, usted no viene a hacerme una citación, a decirme que el señor alcalde me necesita, sino que me viene es a llevar?

-Si, señor –

Tocó ir y me le presenté al señor alcalde.

– “¿Usted es que me está mamando gallo?” –dijo apenas me vio – “Yo le mande un comunicado en el que le decía que toda volante tenía que ser con el visto bueno de la alcaldía…

-Si señor, le dije.

– “Pero usted sacó este volante sin mi consentimiento”- decía mientras mostraba en su mano “el cuerpo del delito”, es decir el volante.

-Le dije. – Yo no lo saqué-

-Usted si lo sacó porque aquí no hay más tipografías que la suya- gritó enfurecido.

-¿Usted ya leyó el volante? –le pregunté

-Claro que ya lo leí – me respondió

-Eso, señor, tiene un pie de imprenta, es decir la firma de la empresa donde lo hicieron, – le expliqué mostrándole el nombre de la empresa en donde había sido impreso-. Al darse cuenta del error me dijo: -disculpe maestro-. Entonces yo le pregunte: ¿Y ahora que va a hacer? –Pues recoger esos volantes- dijo en tono airado.

-Le va a quedar un poco difícil -le dije disimulando la ironía- pues ya están en manos de la gente.

Debido a lo anterior envié a la Procuraduría General de la Nación una queja sobre ese alcalde que me estaba imponiendo censura previa. De allá me contestaron que se habían dirigido al alcalde de Caicedonia desautorizándolo para que impusiera censura previa, por eso cuando llegaron los policías por el volante que criticaba al alcalde y que le conté anteriormente, les mostré el telegrama enviado y con eso me los quité de encima.

Tengo otras anécdotas más simpáticas que quiero compartir con ustedes, dice Atalaya, mientras enciende un cigarrillo para irse por el humo en busca de los recuerdos.

Resulta que aquí hubo un jefe político muy destacado que se llamó Hernando Álvarez Correa. Era un jefe conservador de mucho carácter y un hombre recio en el trato. Yo no lo conocía cuando llegué a Caicedonia, pero supe de su fama de hombre tozudo y riguroso en su cotidianidad.

Recién llegado yo, y ya administrando la tipografía un día se presentó a la misma y me dijo:

-jefe. Los liberales le mandaron a hacer un volante aquí que van a repartir el sábado. ¿Sí o nó?

No, señor, ellos no han venido –fue mi respuesta.

-Será que no pueden colaborar con los liberales, porque usted es liberal ¿cierto?

-Yo si soy liberal, y soy liberal de Sevilla –le respondí.

-Desde que llegó nos dimos cuenta –fue su comentario-

-Si señor. –Respondí – ¿en qué le puedo servir?

-Por ahora en nada especial solamente quería saber si habían mandado a hacer esos volantes.

Pocos días después volvió el señor Hernando hasta la tipografía y me dijo:

-jefe: Necesito que me saque 5 mil carnés para el Directorio Conservador.

-Con mucho gusto –le dije-

Pero aquí –me señaló un papel que mostraba la forma en que quedaría el carné- me le pone una foto de Laureano y debajo me le escribe: “ser conservador es un honor que cuesta”.

Esa frase –le dije de la forma más amable- no es de don Laureano Gómez, esa frase la dijo un tipo liberal.

-Eso es de Laureano – dijo en tono enérgico como defendiendo el texto.

-No señor –le volví a insistir- eso lo dijo fue el general Rafael Uribe Uribe. Si usted quiere yo se la escribo ahí, pero eso no es así. Y usted sabe porque se lo digo -le dije haciendo alusión a mi procedencia liberal que me daba el conocimiento del asunto-.

-Me miró entre incrédulo y convencido y me dijo:

-Entonces no se la pongamos. Deje únicamente la foto de Laureano.

En otra ocasión llegó Hernando a que le imprimiera un volante y entonces me preguntó:

-¿Cierto jefe que el que dijo “armas a discreción, paso de vencedores, fue Laureano Gómez?

-No señor, le dije.

-Si fue Laureano –insistió-.

-No señor, eso lo dijo el General Córdoba, busque en cualquier libro de historia y verá.

Este tipo de acciones de mi parte captó la confianza de Hernando y creo que también me gané su respeto a tal punto que cuando fui a comprar la tipografía él era representante a la Cámara. Me lo encontré en el café y me preguntó:

-Don Alberto usted que va a hacer con la plata que se ganó?

-Voy a comprarme un chuzo de tipografía, don Hernando.

-Usted sabe que yo soy Representante a la Cámara ¿cierto? –me dijo-

-Claro que si don Hernando-

-Yo voy a sesionar esta semana que viene. El lunes voy para Bogotá. Quiere que le averigüe algún negocio de tipografía que estén vendiendo allá –me dijo-.

-Pues si usted me hace el favor- le respondí. Pero yo siempre con la duda de que no lo iba a hacer porque no le quedaba tiempo de hacer ese tipo de vuelta”.

Como a los quince días volví a encontrarme con don Hernando y me pasó tres tarjetas donde aparecían las direcciones y los números de teléfono donde yo podía comprar máquinas de tipografía. Entonces me dijo:

“-Jefe, converse con esta gente y si le falta plata yo se la presto con mucho gusto”.

Me pareció ese un gesto muy alentador que de alguna manera me hablaba de su aprecio por mi trabajo y su respeto por mi oficio pues en varias ocasiones no había permitido que aparecieran algunos errores que no eran justificables”.

Como a muchos caicedonenses a Alberto Ríos también le tocó vivir la angustia de la toma guerrillera realizada el 23 de julio. Así vivió ese episodio nuestro entrevistado.

“Fue una noche muy caótica para el pueblo de Caicedonia. Yo estaba en el Club Caicedonia, donde hoy está el Bingo Familiar. Cuando de repente empezó un tiroteo muy horrible en el Banco de Colombia y en el Banco Cafetero. Uno ahí en el Club, estaba prácticamente en medio de esos dos fuegos. Pensando en mi familia resolví irme a la casa que está situada sobre la Tipografía Atalaya que es en la calle 9. Pero lo más terrible para nosotros es que de la casa mía a la bóveda del Banco de Colombia, no nos separan sino algunos 6 metros y como esa bóveda era el objetivo de la guerrilla y le ponían dinamita o no séqué explosivos, en la casa mía se sentía muy fuerte las explosiones y se estremecía el lugar, así que decidí bajarme con la familia a la tipografía donde se sentía un poco menos las explosiones. Fue una noche muy horrible para Caicedonia, pero a nadie le paso nada”.

Otro de los eventos de gran recordación para los caicedonenses fue el llamado Terremoto del Eje Cafetero. Alberto recuerda ese episodio así:

“Yo estaba en mi casa almorzando cuando se sintió el remezón. Fue un susto muy horrible, se rajaron las paredes cayeron cosas de las repisas, se oían gritos en la calle, pero afortunadamente no pasó nada a ninguno de nuestra familia. Pero como el sabio refrán popular asegura que no hay mal que por bien no venga, resultó que ese hecho beneficio mucho a Caicedonia porque el FOREC dio muchos recursos a los municipios afectados, entre ellos nuestra ciudad. Se hicieron barrios nuevos y mucha gente que no tenía vivienda se hizo a ella. Fue un momento crítico, pero también muy beneficioso para mucha gente.

¿Cómo cree que le ha ido a Caicedonia con los alcaldes populares que ha tenido y qué significado tiene que hayan pertenecidos todos al mismo grupo político?

“Pues creo que fue una buena medida la elección popular de alcaldes, pero como desgraciadamente nuestro país ha estado manejado por politiqueros en muchas partes esto ha sido poco beneficioso. En Caicedonia creo que los alcaldes cada uno a su manera y modo ha dejado su aporte al progreso, pero no han logrado realizaciones que uno pueda tildar de sobresalientes para el beneficio colectivo. Creo que han cumplido con lo que tienen que hacer”.

“Respecto a la anexión al departamento del Quindío es una manera de presionar a los gobiernos departamentales que a veces se olvidan de la existencia de los municipios norteños. A esa medida se ha recurrido varias veces para que en Cali nos paren bolas. Lo cierto es que geográficamente somos Quindío, pero políticamente Valle del Cauca”.

“Sobre el día del caicedonismo opino que están en mora de crear una cátedra de historia municipal para que no se pierda la historia de dónde venimos y sepamos de nuestros ancestros que jalonaron procesos para llegar a lo que hoy somos. El día del caicedonismo es una celebración significativa que puede aprovecharse para resaltar a todas las personas que le han servido con desinterés al pueblo y para reafirmar nuestras tradiciones y valores”.

“Sobre la pregunta, a cuatro años de la celebración del centenario y lo que nos ha faltado para ir más allá en lo económico, social y cultural le puedo decir que nos falta casi todo. Aquí han existido personas que se han beneficiado del pueblo y han conseguido dinero, pero no le han dejado nada. Admiro a Tocayo Bedoya, a Anatolio Gualteros quienes a pesar de no ser personas multimillonarias dejaron obras para el pueblo. Hubo gente que consiguió mucho aquí pero no dejaron nada, sólo sus fincas que no se pudieron llevar y nada más. Hoy en día hay que reconocer a Moncada que construyó en lo que era el café Puerto Nuevo”.

“Aquí no hay empresa que provea empleo. No hay un quehacer cultural pues uno ve que la juventud es apática para expresarse por medio de revistas, periódicos, teatro, en fin tantas manifestaciones que aquí están acalladas uno sabe porque motivo”.

“Si estuviera en mis manos de darle a Caicedonia tres obras yo creo que la principal sería empresas que generaran trabajo para los habitantes de este municipio”.

“Respecto a los personajes que más han influido en la vida de Caicedonia puedo decirle algunos nombres, aunque estoy seguro que puede haber muchos más.

Guillermo Gómez Giraldo, líder cívico de gran desprendimiento. Alberto Villa, Fernando Henao, Tiberio Bermúdez, Jairo Serna Salazar, Henry Espinal, Guillermo Escobar Baena y muchos otros que han puesto su amor por esta tierra y a su manera han propiciado hechos que hacen mejor la ciudad”.

“Sobre si Caicedonia es el mejor vividero del mundo le puedo decir que para mí concepto sí. Es el mejor vividero del mundo, porque de aquí pa`l cielo si me sacan bestia”.

Uno lee en las palabras de Alberto Ríos, “Atalaya” que ha hecho su oficio con amor, que se siente bien hablando de lo que de la parte de historia de este pueblo le ha correspondido vivir. Que pertenece al grupo de los amorosos, esos seres humanos que van más allá de los billetes que reciben por lo que hacen, que su oficio es su vida y que su vida es el oficio. Que su pasión es la tipografía, su casa permanente, porque desde que lo conozco allí siempre lo he visto, en ese espacio lleno de papeles y rodeado de ese olor inconfundible a tinta, un día, hace muchos años, me descubrió los secretos su oficio y me enseñó que el pensamiento puede perdurar gracias a la palabra impresa.

“Quiere que le diga una cosa, que pienso que usted percibe…si no fuera por este oficio, Tiberio, yo me moría – me dijo para finalizar esta charla… y yo lo creo así.

Un homenaje final

Cuando Alberto llegó a Caicedonia tenía 22 años. A los 24 años se casa con Teresa Velásquez, una vecina que había venido de Armero, Tolima y a quien enamoró gracias a su pasión por la lectura. Ella también apreciaba los libros y entre libro prestado y frase dicha la hizo su novia.

En seis meses, Teresa derrumbó las atalayas de “Atalaya” y se hicieron esposos para caminar la vida.

Alberto se ganó el afecto de Teresa, no sólo con los libros en préstamo y con su actitud de enamorado perdido. También de su magín y de su pluma salían versos que reforzaban su amor para rendir a su futura compañera.

Este poema que quiero presentarles fue el de la conquista definitiva y lo quiero compartir con los lectores por un hecho dolorosamente especial pues al momento de esta entrevista la cómplice por 48 años en la vida de Alberto había fallecido hacia pocas semanas y sé que fue para el doloroso recitarme estos versos que hago públicos en homenaje a ella, la compañera de la ternura en Atalaya.

Estando cerca de ti

Se olvidan los pesares

Los dolores se pierden

Al mirar tu hermosura

La ira se convierte

En la dulce ternura

Y la melancolía

En alegres cantares

Por eso cuando siento

Que llega la tristeza

La espero sin temores

Que penetre en mi alma

Para batirla luego

Con infinita calma

Mirando tus encantos

¡Oh divina Teresa!

Como eres el remedio

Eficaz de mis penas

Tu nombre lo he grabado

Con cariño en mi mente

Y no sé lo que pasa

Pero constantemente

Lo repiten mis labios

Y mi sangre y mis venas

Es por eso que quiero

Confesártelo ahora

Que no he visto en la vida

Una feliz criatura

Que iguale los encantos

De tu bella escultura

Y posea el milagro

De imitar a la aurora

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