Evocando al docente: Edgar Efrén Torres.
Para: Revista Digital Arrierías.
Seis años antes de la desaparición de Armero, a raíz de una noticia aparecida en la prensa nacional acerca de una pirámide en esa región, un grupo de docentes – dos licenciados en Sociales, uno, en química, y otro en biología, acompañados de un estudiante del Colegio Bolivariano, Luciano, quien, además de proporcionar el transporte, fue el conductor elegido – y, a pesar de los comentarios irónicos y chistes de mal gusto, decidimos viajar a Armero con el fin de conocer, de primera mano, los hechos asociados a esta interesante noticia.
https://www.youtube.com/watch?v=Ep4tduNi944
Registro posterior a la aparición de la noticia en los periódicos, 1979.
Recorrer las carreteras hasta llegar al ubérrimo valle del Río Lagunilla, fue toda una experiencia positiva. Ninguno de los viajeros conocía a Armero y desde su entrada pudimos evidenciar su pujanza, desarrollo y organización.
Buscamos información sobre la pirámide y nos remitieron al Museo Carlos Roberto Darwin, pero hallamos primero el Instituto del mismo nombre, donde nos encaminaron correctamente.
Nos atendió el investigador, docente y carismático Dr. Edgar Efrén Torres, quien se mostró sorprendido y agradecido de recibir una delegación de vallecaucana.

Nos relató la actividad desarrollada por el Museo y El Instituto, nos enseñó parte de las 2836 piezas de arqueología coleccionadas por los investigadores, colaboradores y grupos de apoyo, relatando origen y características. Se refirió a la pirámide como un gran hallazgo y expuso unas piezas, que, según él, se relacionaban con la cultura egipcia e inca, lo que demostraría la interrelación de esos pueblos con la cultura Panche y Pijao. Extensamente habló del oro blanco (algodón), como fuente económica de la población, de las fábricas, del serpentario, único en su género en Colombia, de la Universidad y hasta de política se comentó.
Pero lo más sorprendente fue su descripción de la manera como estaba organizado Armero para responder ante una emergencia, específicamente ante una erupción del volcán Nevado del Ruiz. Todos los colegios, escuelas, entidades públicas, privadas y oficiales, y comunidad en general estaban recibiendo capacitación, asesoría, y normas de evacuación ante un evento, se creía que Armero se podía inundar, pero no que se podía arrasar, porque la memoria colectiva no había transmitido las avalanchas anteriores: la de 1595, la de 1845 o incluso dos registradas entre el siglo primero y siglo segundo antes de Cristo.Y, según el mismo Dr. Torres la alarma sonaría cuando se escuchara el ruido de la explosión del cráter del volcán, y a partir de ese momento habría tiempo suficiente para, organizadamente, llevar los habitantes a las zonas altas.
Los conceptos fundamentales que se implementan y difunden hoy, como: Sitios seguros, puntos de encuentro, rutas de evacuación, refugios, kit de emergencia, kit de supervivencia, entre otros, estaban definidos por los organismos de emergencia conformados por una gran cantidad de personasde la cuidad.
Durante nuestra visita, y gracias al Dr. Torres y sus colaboradores se pudo pernoctar a orillas del límpido, tranquilo, verde azul y frío, Río Lagunilla, el cual, 6 años después bajaría convertido en un mar de lodo y piedra. Recorrimos El Valle de los Sacrificios, conociendo las piedras usadas los indígenas regionales para sus rituales. Recibimos una clase de arqueología en el terreno, la demarcación, limpieza y recolección de piezas arqueológicas. Recorrimos las instalaciones, personal y funcionamiento del serpentario y pudimos evidenciar el numeroso número de especies de serpientes venenosas y su extracción, por ordeño, del veneno, para preparar el suero antiofídico.
¿Cómo era y qué se vivía en Armero?
María Elvira Escobar, en la Revista Deslinde, escribió: “A los 30 años de la Tragedia de Armero”. Un descriptivo artículo que recrea el Armero antes de la avalancha. Nos relata personajes, instituciones, hechos y cosas cotidianas de la vida pueblerina de Armero, y en varios apartes menciona a nuestro amigo Edgar Efrén Torres, personaje importante por esa época, pero olvidado, e inclusive, culpado por muchos sobrevivientes de no dar la alarma. 1.
Acaso todos los pobladores esperaron, para encender las alarmas, una gran explosión, que, si se presentó, no se escuchó, y se confiaron de la persistente y larga calma chibcha de ruidos, ceniza y nubosidad presentada en los días previos y que se estaba tomando tiempo para derretir el glaciar y formar una gran avalancha de lodo y piedras que arrasó todo, sin dar tiempo para nada.
Escribe María Elvira Escobar: “Queremos recordar aquí el proyecto que, Sandra White maestra del MOIR, concibió y dirigió como Secretaria Ejecutiva. Se trataba del Instituto Carlos Roberto Darwin que, unido al Museo Carlos Roberto Darwin, con grandes colecciones de cerámica de la cultura indígena Panche, reunía a todos los que manifestaban algún interés por la ciencia o la cultura. Conformaban su Junta Directiva, destacados intelectuales e investigadores como Edgar Efrén Torres, Jairo Ramírez y Misael Devia.
Edgar Efrén Torres, director del Museo Carlos Roberto Darwin que poseía 2.836 piezas de arqueología, era maestro, y con algunos cursos de Arqueología del profesor Álvaro Chávez Mendoza, recogía el patrimonio de los Panches y a la vez, restos de la Guerra de los Mil Días.
Jairo Ramírez era el director del Serpentario y del Instituto Carlos Roberto Darwin, tenía una maestría en Primatología de la Universidad de la Florida, y realizaba investigaciones, al interior del Serpentario, con monos aulladores (Aotuslemurinuslemurinus) para conocer su comportamiento e investigar si podía encontrar el antídoto de la malaria a la que esta especie es inmune; proyecto auspiciado por el Instituto Nacional de Salud.
Misael Devia, el segundo folklorista del país, compartía la dirección de las Danzas de Armero; tenía una zapatería, y cada cierto tiempo, partía a recoger nuevas manifestaciones del folklor tolimense: las canciones, los bailes, los mitos y los cuentos.
La Junta Directiva de Instituto Carlos Roberto Darwin creó además un grupo de apoyo, que incluía a los campesinos, a funcionarios municipales, a los grandes propietarios de tierra, al dueño del mejor hotel, a los profesionales, a los comerciantes y a la gente del pueblo a quienes les interesaba el proyecto, cuya labor era apoyar y, a la vez, conseguir fondos para sus actividades. Eran los Amigos del Instituto Carlos Roberto Darwin.

Armero era la tercera población más grande del Tolima, después de Ibagué y El Espinal. En el último censo aparecía con 5.000 viviendas en la cabecera y una población aproximada a los 38.000 habitantes, (Cuartas Peña, s.f.) que gozaba de un comercio floreciente, con importantes establecimientos bancarios, que registraron pérdidas por más de 30.000 millones de pesos, y contaba con el grupo de agrónomos más grande e importante del país. Producía cerca de una quinta parte del arroz de Colombia, además de algodón, sorgo y café. En 432 kilómetros cuadrados había 4.500 hectáreas en arroz; 3.300 en algodón; 4.500 en sorgo, 7.500 en maní y una producción menor de maíz, ajonjolí y café (Parra, 2010). 3.000 hectáreas de las inundadas por el barro estaban catalogadas entre las óptimas del país. Dos inmensos molinos de arroz y las bodegas de la Federación de Cafeteros con más de 1.500 bultos de café también desaparecieron con la avalancha (Hernández Jiménez, 1988: 71 y 72).
Este municipio era un núcleo educativo de primer orden, al punto de poderse decir que no había niños sin escuela. Así en la avalancha desaparecieron 99 profesores de primaria y secundaria y 4.000 estudiantes. Tenía un hospital regional muy bien dotado, dependencias bancarias y crediticias de notable pujanza y un comercio muy activo (Marulanda Morales, 1987:10). De los bancarios, solo queda como recuerdo la bóveda de la Caja Agraria, (la autora dice que del Banco de la República) donde hay una placa con los nombres de los fallecidos (Cuartas Peña, s.f.). Igualmente, Armero se destacaba por su activa vida intelectual y cultural: contaba con un Serpentario para investigación científica, Biblioteca pública, Casa de Cultura, Museo Antropológico, la granja de la Universidad del Tolima y las célebres Danzas de Armero. Entre los pobladores desaparecieron 23 agrónomos, junto con 8 médicos, 8 jueces, 3 odontólogos y numerosos técnicos, por los cuales Armero sobresalía a nivel nacional.
Entre los desaparecidos de Armero estaban los compañeros del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR), eran descalzos, dedicados al trabajo revolucionario: Alfonso Calderón Barrera, Secretario del Regional del Magdalena Medio; Sandra White Narváez, del Centro de Estudios del Trabajo (CEDETRABAJO), Luis Eduardo Fuentes Gálvez, encargado del Norte del Tolima y del trabajo cafetero; Carmenza Piñeros, Flor Moreno y Jairo Ramírez Cerquera, biólogo con Maestría en Primatología, Luis Gil, Jaime Lozano, José Jesús Bermúdez y Albeiro Montes, quienes en la noche del 13 de noviembre, se dedicaron a organizar a la gente, en el parque, para la evacuación del pueblo, acompañando al Alcalde Ramón Antonio Ramírez y a Edgar Efrén Torres, Director del Museo Carlos Roberto Darwin (Muñetón Bustamante, 1981).
Afortunadamente en el periódico ABC de España, el 24 de noviembre de 1985, el sacerdote Pedro Augusto Osorio, testigo de los hechos, revela los alcances de la intervención que, por el altavoz de la parroquia hizo ese 13 de noviembre, Edgar Efrén Torres. (Salavarrieta Marín, 2014). El lahar entró al pueblo por el barrio el Maní, cerca al hospital y fue la subestación de energía lo primero que devoró el lodo. Todo quedó a oscuras (Canal RCN, 2010).
Esa calma latente de ruidos, ceniza y zozobra desembocó en que los flujos piroclásticos emitidos por el cráter del volcán que fundieron entre el 2 y el 10% del glaciar de la montaña enviaron cuatro lahares, flujos de lodo, tierra, agua, hielo, pumita y otras rocas y arcillas producto de la erosión del terreno por el que pasaban, que descendieron por las laderas del Nevado a 60 kilómetros por hora, aumentaron su velocidad en los barrancos y se encaminaron hacia los cauces de los seis ríos que nacen en las laderas del volcán. En el río Gualí, el lahar alcanzó un ancho de 50 metros. “Bajaba el río en candela, iluminado” así lo expresó un campesino de las cercanías (Garcés y Salazar, 1989) y corresponde también con la descripción de Simón de 1595 (1947/ 2007).
A las 11:30 p.m. el primer lahar que llegó a Armero avanzó en grandes oleadas. Tenía 30 metros de profundidad, se movía a 12 metros por segundo, duró 10 a 20 minutos sobre la ciudad y fue rápidamente seguido por otros lahares. El segundo con una velocidad de aproximadamente seis metros por segundo, duró media hora y fue seguido por otros pequeños pulsares eruptivos. El tercero contenía gigantescas piedras y duró algo más de dos horas.”
Todo esto para arrasar la población y sus alrededores y cegar la vida de aproximadamente 22000 personas y un número indeterminado de mascotas, animales de producción, flora y fauna.
En un artículo anterior sobre Mitigación, se plantea que las catástrofes son cíclicas y la prevención es inútil si no se ha hecho un profundo estudio de lo que se hizo, se dejó de hacer y se realizará si vuelve a presentarse el evento.
“La actividad del Volcán Nevado del Ruiz ha sido registrada desde el 12 de marzo de 1595, fecha en la cual Fray Pedro Simón en su crónica reporta una erupción al que llama el volcán de Cartago (Simón, [1981] 2007: 93-95). En los archivos de INGEOMINAS reposa un informe del coronel Joaquín Acosta, publicado por la Academia de Paris en 1849, en el que se describe la erupción y posterior lahar del Ruiz por el río Lagunillas, el 19 de febrero de 1845, y que parece escrita hace 30 años. En ella, reporta que el fango cubrió 16 kilómetros cuadrados y mató a 1.000 personas, casi todas cultivadoras de tabaco de la región de Ambalema (Vega, 2010).
En ambas oportunidades, en 1595 y en 1845, hubo avalanchas de aguas fétidas y calientes por el río Lagunilla, que nace en el flanco noreste del Nevado del Ruiz y a cuyas orillas se ubicaba la desaparecida Armero (Rueda Enciso, 1985).”
Esta descripción nos remite al volcán “Machín”, nuestra amenaza permanente y del cual sabemos que, hace 900 años explotó, porque en Cartago Valle, muy lejos del Volcán, están los restos geológicos de las capas formadas por las cenizas expulsadas, según estudios del Instituto Sismológico de Manizales.
Aún, 33 años después, continúan apareciendo personas que fueron separadas de sus familias durante el evento. Y quedan detalles sin aclarar. Pero seis años antes ya existía una plena organización para desplegar cuando se diera la alarma que debían dar los encargados; la dio el volcán, con mucha anticipación, y no se interpretó correctamente.
Edgar Efrén Torres permaneció hasta su muerte vociferando una tardía alarma de evacuación. Junto con él, y sus compañeros, desapareció la actividad científica, cultural e investigativa que florecía en Armero.