Añoranzas colegialas /Por Jesús A. Gutierrez

jesus antoio gutierrez

Quién no recuerda la época de bachillerato. Todos, y los que no, deben ser unos  desmemoriados habituales. Me atrevo a decir que esa secuencia hermosa de la adolescencia, tiene el aspecto semántico de la primera novia, que puede suceder en el aula escolar, un cumpleaños, que por mitad también se lo celebran en el ámbito escolar, el cartón de bachiller, una mención honorifica, un partido de pibes, una repichinga sabatina, muchas cosas que el tiempo no borra, y como para rejuvenecer lo expresado, expongoun pequeño paradigma, estábamos cursando el último año ( yo cursaba este año en un colegio cuyabro), y era usual escuchar palabras en serio y en broma (yo mismo las pronuncié), “He pasado tan chévere mi bachillerato que me gustaría perder el sexto de bachillerato para repetirlo”.

Y fue verosímil,algún mompita de mi grupo lo hizo realidad, y no por maqueta (el que no aprovechaba el año, era otra cosa), al hacer el sumario de su rendimiento académico, fue un alumno excelente o pasó la valorización de las materias con altibajos sin rebajar el tres.Después, en galladita, en el parque o en una esquina de la cuadra, los  pies sosteniendo la pared, boleando el llaverito, echando cháchara al por mayor o jugando balero, le decíamos, Vos sí que sos un loco de tiempo completo, él respondía, “Si mompita, soy un loco pero razonable”. Y carcajadas filosóficas y de algunos, psicológicas.

Y como abono a lo anterior, me instalo entre los años 60 al 65, en el colegio Bolivariano (estudié preparatoria segundo, tercer y cuarto de bachillerato, este último año no sé si lo perdí o me retiré), y tuve el privilegio, como muchos, de disfrutar de la sede vieja, donde está actualmente la biblioteca y la sede nueva, más abajito de la cancha “la Gerencia”. Me gustaba la sede  vieja por muchas razones, una era que me estacionaba en una esquina con otros compañeros, y grupitos en otros espacios, al lado funcionaba el Liceo Femenino u otro colegio femenino (no estoy seguro), nosotros nos veníamos media hora antes que tocara la campana con el objetivo de coquetearles a las chicas del Liceo. Después, el Liceo  se metió en vientre del colegio, y este se convirtió en un centro educativo mixto. Las chicas no las miraríamos a unos metros sino que compartiríamos en el mismo salón,al frente su pupitre, sus inteligencias y sus bellezas. Era en realidad un estímulo en todos los aspectos, era más de lo que pedíamos o pensábamos.

En esos cuatro años preciso solamente un ramito de docentes(en el modelo tradicional a nuestro orientador pedagógico le decíamos profesor, maestro, ahora se le dice, “ticher” o profe, también con un diminutivo cariñoso o apodo pero entre nosotros, y  lo decorábamos  con risas, y lo  comentábamos con el profe de mayor amistad sin despintar el respeto de su objetivo didáctico) de esa época, Emilio Zapata, José Noel Parra, Alfonso Cardona, Jeremías Ocampo, Henry H. Espinal, Ebel Botero, Motta, Manuel Hernández, Dionisio Rodríguez y  Ricardo Escobar.

Doy una característica somera de  los profes Emilio Zapata, José Noel Parra, Ricardo Escobar, Manuel Hernández, escuetos, drásticos, Alfonso Cardona, Jorge Guarín, Jeremías Ocampo y Henry H. Espinal, humanistas, el más comunicativo, más amigo, el profe Henry,fueel personaje docentede mayor remembranza en esos cuatro años de mi estadía en el colegio.

El profe Ebel  Botero, creo que su estadía fue exigua en el colegio, era escritor, autor  de varios obras, una ellas “Cinco Poetas Colombianos”, los chicos se reunían a  escuchar sus  disertaciones literarias, en un breve espacio verdoso, al aire libre, limitando con la portería sur de la cancha la “Gerencia”.

Otro profe que no recuerdo su nombre y si por su apodo, fue “Corozo” (lo bautizamos así no porque comiera corozos o viviera hablando de ellos sino por su forma de cabeza), era muy asequible, y por primavera vez, la cancha de la “Gerencia”, se volvió un espacio para el juego de béisbol, gracias a su esfuerzo, y recuerdo con cariño a mi compañero Hernando Escobar, cuando el pitcher lanzaba la bola, la bateaba hasta los dominios del “Burro de la Gerencia”,haciéndolo prolongar sus gritos lujuriosos mientras montaba una yegua hermosa, era el semental de moda en el pueblito.

Viene a mi memoria el nombre de Dionisio Rodríguez,fue el rector, no sé el año exactamente, y si evoco que muchos lustros después, en la “Sultana del Valle”, en el último semestre de mi licenciatura, él tenía un colegio, situado cerca del Teatro Municipal, fui y le pedí la oportunidad de dar algunas horas de clase de español, para ir adquiriendo experiencia en mi oficio, hoy en día todavía espero esas horas pedagógicas.

Motta (No repaso su nombre), fue un profe “gordiflón”, simpático y folclórico (lo recuerdo en la sede antigua), le abono la metamorfosis de mi voz, como cantante de música ranchera,se destempló para siempre y me mandó a cantar en ese espacio filosófico, el inodoro, me embutió en una presentación celebrando el día del Idioma, tuve que reemplazar sin querer al cantante asignado, “Pedro Kumis, que se hizo el que tenía jaqueca, según palabras de alguna tía  que mantenía atada a ella. Siempre pensé que mi recordado mompita de salón y de bromas le dio culillo, y para todo siempre hay una disculpa, puso en prueba su malicia indígena.

Y quiero dejar palabras finales referente al profe  Ricardo Escobar ( no sé si en tercero o cuarto de bachillerato), y  de cierta manera resultó un poco familiar, mi tío Aristarco Rodriguez, alumno del colegio “Bolívar, año 1940 (dato que consulté en el libro de  Ulises  Vásquez Vargas,  CAICEDONÍA, HITO DE UNA CONCEPCIÓN COLONIZADORA, que me presto  Pedro Barco, con derecho a devolución, y nunca se lo devolví), compañeros en alguna universidad de Buenos Aires, Argentina, los dos estudiaron medicina, mi tío se graduó pero Ricardo no, tal vez por inconvenientes económicos o familiares, qué sé yo, muchos años después, recién egresado de la universidad, regresé a la capital cuyabra, y laboré en el Gimnasio Armenia, sección bachillerato, mañana, y grata sorpresa, en el último año de mi estancia en el gimnasio, Ricardo fue nombrado rector.

Era la misma figura pero  su rostro, sus palabras, no tenían la rigidez de los años 60, entiendo que en ese entonces, el ambiente educativo era tradicional, aunque a mediados de los años 60,todavía quedaban rezagosque recordaban al “Lazarillo de Tormes”.

Y me llamó la atención esa metamorfosis, comunicativo, gracioso, su semblante  ameno… Lo que nunca me olvido del colegio Bolivariano, fue su clase de anatomía, en tercero o cuarto de bachillerato(repito), hacíamos fila como si fuéramos a comprar el boleto para matinée, social o noche, para ver una pelicular de desasosiego,  en el teatro Aladino, allí en el salón, que era el escenario, el telón  bajaba, y veíamos  una copia del esqueleto nuestro, así iniciaba el examen oral, y nanay de escrito, nos comíamos las uñas, cambiábamos de color, pegábamos la saliva en nuestros dedos y nerviosos, las posábamos en la corona pelada de cura arrepentido, los codos, en las choquezuelas, era un pequeña pócima espesa hechicera para espantar los nervios y sacar una buena nota, aunque fuera un tres.

Apenas se abría la puerta de los julepes de los óseos, el profe Ricardo nos tiraba una cráneo (nuestro retrato sin masa, y no entiendo el porqué nos aterrorizaba), un cubito y radio, un húmero o lo que fuera. Aquel año salimos expertos en anatomía, y no sé si algunos de nosotros estudió medicina o licenciatura en biología, espero que sí. Yo  aprendí un trocito de anatomía  pero del texto literario.

Son estampas incontables,  inolvidables de colegio, época de regreso pero en la máquina del tiempo de nuestra materia gris,  y  ellos nos ayudaron a vivir.  Y  les dejo una estrofita del  canto de un poeta,

 “Posa tus ojos en mitad de tu alegría

Y encontrarás el recuerdo que te espera en la añoranza.

que te baña nuevamente como a un niño

Y te amarra al recordar tu colegio amado….”

 

 

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