
Para: revista Digital Arrierías.
Era la segunda vez que viajaba a Caicedonia. Álvaro Gualteros llegó una mañana de lunes al salón, con la noticia de que los estudiantes del colegio Bolivariano invitaban a jugar un partido de fútbol. Había tiempo suficiente para ahorrar algunas monedas para contratar un bus de ida y regreso. Se acordó que el encuentro sería el sábado próximo.
Los alumnos del grupo 3C del colegio Rufino de Armenia llegaron antes de la hora pactada y se dirigieron en al colegio Bolivariano, en donde el portero, que aun conociendo a Álvaro, exigió toda suerte de órdenes escritas para dejarlos entrar. Por la tardanza de quienes invitaban, los rufinistas creyeron que los bolivarianos no querían jugar el partido.
Los rufinistas se quedaron en la portería. Para Álvaro era fácil dar con el paradero de los bolivarianos. Igual que otros estudiantes apoyados por sus padres, Álvaro viajaba en las mañanas a estudiar al Rufino, de Armenia, y regresaba en las tardes a Caicedonia, su tierra natal. Sus compañeros comentaban cómo podía soportar tantos años de viaje.
Silencioso, buen estudiante, bien vestido; para dar apariencia de cabello lacio, usaba gomina y se peinaba hacia atrás como los viejos actores de cine; para sus amigos su sonrisa permanente era distintivo de su temperamento amable, pero distante, conciliador, de pocas palabras, hasta parecer monosilábico; poco amigo de conversaciones irrelevantes, sus respuestas inteligentes dejaban entrever que analizaba las preguntas; escogía las palabras apropiadas para responder. Sin dejarse llevar por apasionamientos, defendía sus puntos de vista.
Una hora después, Álvaro apareció con un profesor del colegio Bolivariano, que luego de manotear y discutir con el portero, intransigente y malhumorado, consiguió a regañadientes que permitiera el paso.
El profesor pidió disculpas por los inconvenientes, y saludando de mano a cada rufinista, ordenó pasar frente al portero que no dando indicios de estar del todo satisfecho, murmuraba a mandíbula apretada.
Entre risas, los integrantes del equipo buscaron sitio para cambiar sus ropas: camisetas de educación física, con o sin escudo, pantalonetas manchadas, medias de distintos colores sujetas a la altura de las rodillas o dobladas en los tobillos, guayos con mal olor y peor estado, zapatos tenis de punteras de caucho remendadas con cáñamos o piola. Los jugadores suplentes se encargaron de las chuspas, bolsos de tela y uno que otro maletín barato.
Algunos bolivarianos que aparecieron uniformados, con sus maletines al hombro, acompañados por su barra y novias, en compañía del hermano de Álvaro; se ubicaron en sitio apartado a vestir sus uniformes.
Hasta ese momento no llegaba el árbitro. Los Gualteros se reunieron a ponerse de acuerdo sobre qué hacer. Dos bolivarianos salieron en su búsqueda y al cabo de media hora regresaron sin noticias positivas. Se dijo que había manifestado que por ser fin de semana no podía “pitar” el partido; había amanecido enguayabado.
El capitán y su equipo bolivariano propusieron pedir al portero que hiciera árbitro, pero los rufinistas, temiendo que se “cargara” al lado bolivariano, dieron en el clavo al decir en coro: “el señor no puede dejar el puesto solo”.
Se tiró a cara o sello la elección de quién pitaba el partido. La moneda determinó árbitro bolivariano. Puesto el balón en la mitad de la cancha, apareció un hombre vestido de árbitro, y dijo:
“Aquí me mandó aquél (se refería al árbitro enguayabado), para que les pite; ustedes verán…”
No hubo inconveniente. Tampoco en el desarrollo del encuentro: uno que otro choque, mal o bien intencionado, una patadita aquí, un patadón más allá, un codazo, estrujones amables aliviados con amistosos apretones de manos, dos o más miradas feas, nada más paso.
Después de siete amonestaciones por bando, y las trivialidades ocurridas, los rufinistas ganaron el partido, dos a uno. Álvaro, después de despedirse del hermano, que hizo de espectador y no dijo “ni mu ni pío” por la pérdida, invitó al equipo rufinista a una fuente de soda del parque central.
“Los bolivarianos quedaron ardidos. Conozco a Miguel… Los voy a llevar al sitio donde puedan tomar gaseosa o cerveza. Es un sitio que durante la semana es cafetería, pero a donde van muchachas a bailar los fines de semana”.
Riendo y alborotando, entraron en tropel los rufinistas. Los clientes miraron, alarmados unos, y disgustados el resto. El administrador, tal vez conocido de Álvaro, llamó su atención para pedir “bajar el volumen al escándalo”; esto hizo que el grupo tomara sus palabras como un regaño.
Un tanto recalentados ocuparon las mesas disponibles y como el regañón vio que algunos seguían de pie, ordenó al mesero sacar de una especie de bodega al fondo, más sillas y mesas. Tal atención apaciguó los ánimos.
Sonó el último larga duración de música tropical de Gustavo “El loco” Quintero, y el único que no salió a bailar fue Lucas Yarumales.
Las muchachas, sentadas por grupos de tres o cuatro, sonrieron seguras de que se prendería el baile.
Para fortuna de Lucas, una hermosa muchacha no le quitó el ojo de encima. Miraba hacia su mesa, sonreía, y por señas insinuaba su deseo de bailar. No era bailador, ni quería ponerlo en evidencia ante su grupo.
Un compañero, con filosofía de bolsillo, en voz baja, lo convenció:
“Salga, hermano, que la vida tiene situaciones para las cuales uno ignora lo que debe hacer, y lo único que sabe es que tiene que enfrentarlas”.
El rufinista agradeció la discreción, que impidió a otros compañeros de mesa escuchar el consejo; expuso al compañero sus razones para no bailar, pero las dos cervezas bebidas, y la vergüenza que sentía al rechazar la invitación de la muchacha, lo animaron, y Lucas Yarumales se decidió a bailar.
Las botas, de cordones amarrados a los lados, le llegaban un poco más arriba de los tobillos, no las sintió pesadas cuando empezó a caminar hacia la mesa de la muchacha.
Pero una vez en la pista, pesaban toneladas. Mientras bailaba casi no podía mover los pies. Hablaba a la chica, trataba de disimular la incomodidad, e improvisaba cualquier paso. No era el apropiado para bailar Fantasía nocturna, y la muchacha se lo hacía saber:
“Es que usted baila cumbia como si fuera paseadito”.
Después de tres intentos fallidos por “coger el paso”, la muchacha no lo volvió a mirar. Lucas optó por tomar cerveza despacio, para que rindiera, y vio bailar a sus amigos con la desdeñosa.
El baile avanzaba en calma. Lucas bebía en silencio.
De pronto asomó a la puerta el hombre conocido por todos. Ante el inesperado visitante, algunos rufinistas se fingieron dormidos o borrachos, otros prestos a enfrentar los que sucediera.
El hombre no pasó de la puerta. Cruzado de brazos inspeccionó cada mesa; una vez tuvo en la mira su obejtivo, hizo señas a la desdeñosa, y ésta salió presurosa tras él.
Los rufinistas respiraron aliviados, continuaron bailando hasta las ocho de la noche, y Álvaro los acompañó a tomar el bus contratado. El viaje de regreso transcurrió en relativa calma, salvo varios amagues de vómito, sorbos lava gallos a la exhausta botella de aguardiente, ronquidos, y uno que otro rufinista que le dijo con sorna: “Usted baila muy bien el paseadito”.
El lunes, con la discreción que lo caracterizaba, Gualteros dijo en el recreo a Lucas:
“Nos salvamos de un alboroto. Por fortuna, la niña que usted sacó a bailar, estaba sentada. Si la pilla el papá, el portero del bolivariano, bailando, le pega al que sea”.