Para: Revista Digital Arrierías.
Crónica
Pródigo en toda clase de juegos, fueron los años infantiles en la desaparecida escuela Antonio José de Sucre,(carrera veinte, calle once) del barrio La Cabaña.
Los lances de trompo, la habilidad para hacer piruetas con el yoyo, la elevación de cometas que terminaban enredadas en cables de energía; las apuestas de bolas de cristal a los cinco huecos, el pipo y cuarta; el de cajetillas de cigarrillos, la vuelta a Colombia, y otros, quedaron descartados por otro más emocionante y riesgoso: el juego de casar peleas en clase para, después de salir de la escuela, darse trompadas a la vuelta de la esquina, o en algún solar cercano.

Este juego de boxeo escolar era aprovechado por los careadores (hoy llamados manageres, entrenadores, apostadores) que no faltan en estos eventos.
La habilidad para el dibujoconvirtió a Lucas Yarumales en el dibujante “oficial” de algunos compañeros. No dibujaba mal, lo hacía más que aceptable y pagaban bien; (también había quien cubría sus deudas con fotos de mujeres desnudas, que veía y rompía camino a casa, dejando regados los pedazos, uno por aquí, otro más adelante, y pendiente de que viniera alguien a su espalda).
Todo marchaba bien, dibujaba, le pagaban. Un día hubo una demora en el pago y Yarumales, que no sabía esperar, decidió cobrar lo que pensaba no le pagarían.
Escogió los puños para poner al día sus negocios.
Por esos avatares de guerreros con maletín, una tarde en la tienda de don Joaquín retó a un compañero deudor, a darse trompadas a la vuelta de la escuela, en un solar (calle once bis con carrera veintiuna esquina) del barrio.
No faltó quien escuchara el desafío y regara la noticia en el salón. Era lo que esperaban los amigos “careadores”. Los “pacifistas” llevaron la peor parte; sus ruegos no fueron oídos, los careadores los amenazaron con darles en la “jeta” si iban a chismosear a los profesores.
Hecho el cruce de palabras soeces que caracteriza estas lides, llegados al ring de pasto verde, cercados por careadores y pacifistas, empezó el ritual repetitivo de dos palabras:
-Tire pues-.
-Tire pues-.
Y con los puños apretados, temblorosos, sudorosos, y sin deseos de seguir adelante, sin camisa, los cordones de los zapatos a punto de reventar, giraron el uno en torno del otro expandiendo como pavos reales los músculos del pecho para impresionar al rival.
-No, tire usted, que es el que está jodiendo y dice que soy un ladrón-.
-No, tire usted que no quiere pagar-.
Y los gritos de los careadores, en un remolino de caras malignas:
-¡El que pica aquí, pica cara!-.
Deudor y cobrador sabían que el juego de las apuestas corría gracias a ellos. El deseo inmenso y oculto de que algún pacifista impidiera la pelea, lo callaron por orgullo.
-¡¡¡Ah, les da miedo!!!-, gritaron. Y aumentó la vocería.
-¡¡¡Tienen miedo!!! ¡¡¡Oh, oh, oh, tienen miedo, tienen culillo!!!-.
La vocería aumentó hasta lograr que los insultos surtieran efecto.
-El que jode está en la manga. Y su madre. La tuya gran h…, decía Yarumales.
– ¿Entonces qué? Póngala como quiera. No, pues ya ve, ¡tire! -.
Después de este careo, ignorando el gusto de muchos y disgusto de pocos, empezó el juego de las apuestas, el ir y venir de trompadas.
Puñetazo fue, y puñetazo vino.
Los careadores con dinero, animados, anunciaron:
-¡Voy un marachucho con gaseosa!-.
-¡Yo, una cuca con leche!-.
-¡Una tostada con salchichón!
Los de bolsillos rotos apostaron:
-¡Un trompo puchador y un singuita!
-¡Apuesto a que Azuero le rompe la jeta!
-¡¡¡Ánimo!!!-, gritaban unos.
Mientras las trompadas menudeaban, las miradas expectantes, los mocos asomaron, gritaron todos:
-¡Eso, más duro!¡Upa, pues!¡Oiga lo que le dice!¡No se deje!¡Dele duro!¡Así!¡Más duro!
-¡¡¡Vean, lo reventó!!!- gritó el jefe de careadores.
Al oír esto, los “trompeadores” pasaron la mano por su boca para ver cuál tenía sangre.
Y lo que palparon fueron sudor, saliva y mocos.
Trompadas al aire, trompadas al cuerpo, hasta que de tantas apareció la sangre. Y ahí la pelea no tuvo reversa. Con sangre, hasta el final, brotaba por boca y nariz, la paloma de la paz escapó.
-Déjelos que se den. No sea metido-.
-A usted que le importa-.
-No se pongan a “cariar”, hombre-, dijo un pacifista.
-Si no le gusta, póngala como quiera-. Respondieron cinco careadores.
Y los pacifistas que trataron de intervenir, recibieron patadas y trompadas de los careadores, hasta que armaron otras peleas al lado de la inicial.
Los maletines volaron; los pacifistas, a pasos largos, escaparon, pero fueron alcanzados por los careadores de zancadas veloces.
Agotado, y con la jeta llena de sangre, Yarumales recordó la medalla de plata con una imagen de la virgen. Como pudo la sacó del bolsillo, la metió a la boca creyendo que lo haría invulnerable a las trompadas, pero no valió, más duro le “cascaban”. Las vecinas alarmadas, asomaron a las ventanas, a los balcones, echándose bendiciones.
El instinto de conservación hizo su trabajo: los llenó de miedo defensivo;Yarumales, sin confesarlo, sólo quería que un extraño los separara.
El cansancio atemperó a los careadores, se calmaron. El vocerío se redujo a murmullos. Después de un respiro, careadores y pacifistas insistieron en trompearse.
Después de dos o tres puñetazos, rendidos, Azuero y Yarumales descansaron. Como gallos de pelea, acezaron, estirando el pescuezo en busca del aire que se negaba a entrar a los pulmones.
Yarumales no recuerda cuando duró el combate, ni su número de asaltos.
Todo a gusto de los careadores, hasta que desde la esquina de la calle 10, se oyó un gritó:
-¡¡¡Vienen los profesores!!!-.
No quedaron peleadores, pacifistas ni careadores. El campo de batalla quedó abandonado; sólo las personas mayores dando razón a los profesores.El escape no tuvo toque de trompetas. Fue desbandada general, sin voz de sálvese quien pueda.
Sobre el pasto del solar quedaron: lapiceros, cuadernos, maletines, uno que otro zapato, y rastros de sangre.
Durante la retirada, el miedolos unió. Volvieron a ser amigos, y desde una esquina más abajo (calle 10 bis con carrera 22), asomaron las cabezas con cautela; vieron a los profesores conversando con los vecinos, comenzaron a temer cosas peores.
Cada uno revisó su maletín y lamentó lo perdido en la refriega. Se acabó el juego de trompadas y de apuestas, las malas palabras y los desafíos se cambiaron por el miedo a los castigos, que esperaban en la casa y en la escuela.
El balance de pérdidas arrojó para Yarumales: dolor por todo el cuerpo, la jeta manando sangre; mocos regados por la cara; despeinado, cansancio general, y terror de ir al otro día a la escuela.
En casa podía mentir, pero lo delataban el ojo morado, los rastros de sangre y las mejillas hinchadas; ¿dónde los iba a esconder?
Al otro día, al paredón. Nunca supieron quién fue el “sapo”.
Unos con los ojos “pichos”, otros con la jeta hinchada o la nariz inflamada; todos, sin excepción, con cara de inocentes salieron de la fila, a enfrentar la furia del director.
-Señores, ustedes saben que, para mantener la disciplina en esta escuela, estamos nosotros. ¿Quién quiere contar lo que pasó?
Por segundos, ni una mosca se oyó, hasta que a uno se le ocurrió la mejor mentira: “Estábamos jugando”.
Taparon, maquillaron lo peor. Y se hizo el milagro: ningún careador o pacifista, acusó a otro de iniciar aquella batalla campal. No hubo quejas. Se hicieron cómplices. Los profesores regañaron, amenazaron, citaron a los padres, pero la mentira lossalvó. Sabíanque no podían expulsarlos de la escuela porcarear, dar y recibir trompadas… por jugar.
Ah, y la medallita. Yarumales no supo si por una trompada la botó lejos, o la arrojó en los “buchados” de sangre que escupió. Lo cierto: al otro día y otros más, fuecon Azuero a buscarla. Se fue como vino, nunca la encontraron.
Todavía piensa que Daniel Azuero se la hizo tragar de una trompada.
1963