En alguna fase de la evolución de la especie ocurrió un accidente que nos desconfiguró el “pensador”, o cerebro que llaman. Basta mirar los diarios para constatar que esa unidad no anda bien en ninguna parte.

A consecuencia de ese insuceso todos nuestros juicios son erróneos. Me limitaré aquí al análisis del más extendido: la creencia en que el bienestar guarda una relación directa con los ingresos.
La persona que gana entre 2 y 3 salarios mínimos vive, viste, come y se divierte con mesura; siempre tiene algún excedente que le permite ejercer la usura en pequeña escala o cubrir la iliquidez del cónyuge.
Con 4 salarios empiezan los problemas: la persona se sofistica, añade frutas y delicadezas a la canasta familiar pero no resta nada, pierde la línea y con ella la posibilidad de ser sexualmente competitivo porque en estos tiempos el que no sea esbelto, adinerado y menor de 40, no juega.
Con 5 s.m.m.v. el sujeto contrae algo peor que la obesidad: se vuelve digno de crédito; le fían de todo y, claro, compra de todo. Es algo fatal. No puede evitarlo. Así se lo dictan su software (la publicidad) y su hardware (los 5 salarios y el “pensador”).
Cuando traspasa la barrera de los 6 salarios el sujeto pierde por completo la noción de realidad y se mete en un crédito para vivienda. Su futuro es previsible: el buen hombre terminará sin casa y sin salario, y no podrá escuchar las palabras Hommes, Gaviria o Luis Carlos Sarmiento sin convulsionar. Antes había comprado un carro. Seguramente la desdicha de la movilidad lo indujo a pensar que en los bienes raíces podía estar la clave de la felicidad.
7 s.m.m.v. crean una compulsión de gasto tan frenética que el sujeto no para hasta adquirir compromisos por 9 o 10 salarios. Los sujetos de este estrato lo tienen todo repetido: tienen por lo menos dos teléfonos, el fijo y el móvil, dos computadores, el camastrón y el portátil, dos mujeres, la quieta y la ágil, etc.
El baloto tampoco es la solución porque el feliz ganador no puede evitar creerse Dios y emprender el arreglo del mundo. Empieza por remodelar la casa de la mamá y repartir unos millones entre la parentela pobre –esa chusma– hasta que comprende que la pobreza es un agujero negro que ninguna suma puede llenar. Entonces frena los auxilios y la chusma lo abuchea y lo tilda de avaro. Lo único seguro es el silencio absoluto pero ¿cómo mantener en secreto un premio gordo? Usted se lo cuenta mínimo al cónyuge, él a la suegra… al cabo de tres minutos la noticia llega a oídos de Jojoy y usted termina leyendo Voz Proletaria en la jungla o lavando platos en algún país del Norte porque ninguna suma, ni siquiera el baloto, resiste la división por tres mil.
Cuando se alcanza el nirvana de los 10 s.m.m.v. se comprenden las 5 leyes del oro: 1, que el oro es lo que no alcanza. 2, que para igualar el debe y el haber se necesitan un banco propio y tres senadores. 3, que es más fácil ser fiel que mesurado. 4, que sólo hay una cosa más insensata que matarse trabajando: matarse ahorrando. Y 5, que era cierto aquello de que el oro no hace la felicidad –lo cual no significa, aclaremos, que baste ser pobre para alcanzarla.