Un jovencito cansón / Julio César Londoño

En un viejo ejemplar de 1964 de la revista Current science encontré esta divertida historia. Aquí va.

Hace algún tiempo –dice allí su autor, Alexander Calandra, profesor de un colegio newyorkino–  recibí una llamada telefónica de un colega para preguntarme si quería hacer de árbitro en un pleito por la nota de un examen. El profesor le había puesto ‘cero’ a una respuesta para la que el estudiante reclamaba un ‘cinco’ aclamado.

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Alexander Calandra

La pregunta decía: «Mostrar cómo se puede determinar la altura de un edificio elevado con la ayuda de un barómetro», a lo que el estudiante había respondido: «Se toma el barómetro en la terraza del edificio, se le ata una cuerda larga, se baja el barómetro hasta el suelo y después se vuelve a subir midiendo la longitud de cuerda que hubo que soltar. Esta longitud es la altura del edificio».

Era una respuesta en verdad interesante, pero ¿había que aprobar a su autor? Opiné que el estudiante merecía sin duda la nota máxima pues había contestado correctamente la pregunta, aunque había que reconocer que el papel del barómetro en el proceso era francamente secundario. Con esto en mente sugerí darle al muchacho otra oportunidad, cosa en la que ambos, profesor y estudiante, estuvieron de acuerdo. Concedí al estudiante seis minutos para que volviera a responder con la advertencia de que la respuesta debería revelar algún conocimiento de física. Al cabo de cinco minutos no había escrito nada. Le pregunté si quería abandonar el asunto (yo tenía asuntos que atender) pero me dijo que no, que tenía muchas respuestas en mente; sólo estaba pensando cuál era la mejor. Me disculpé por interrumpirle y le rogué que continuara. En la fracción de minuto que le quedaba escribió rápidamente esto: «Se toma el barómetro en lo alto del edificio y se lo pone en la cornisa de la terraza. Luego se lo deja caer, midiendo lo que tarda en llegar al suelo con un cronómetro. Entonces, empleando la fórmula h = gt2 / 2 [altura igual a la mitad del producto de la gravedad por el cuadrado del tiempo] se calcula la altura del edificio».

En este punto pregunté a mi colega si se daba por vencido. Asintió, y le puse al estudiante un «notable». Ya me retiraba cuando recordé que el estudiante había dicho que tenía otras respuestas al problema, y le pregunté cuáles eran ellas.

«Oh, sí –dijo él–, hay muchas maneras de resolverlo. Por ejemplo, se puede coger el barómetro en un día soleado, lo ponemos sobre el suelo verticalmente y esperamos a que su sombra sea igual a su longitud. En este momento medimos la sombra del edificio. Este valor será el mismo de su altura.

—Muy bien –dije–, ¿y las otras?

«Hay una medición muy básica –dijo el estudiante– que le gustará. Se coge el barómetro y se comienza a subir las escaleras. A medida que se sube, se marca la longitud del barómetro en la pared, como si estuviésemos midiendo por ‘cuartas’, y esto nos dará la altura del edificio en “unidades barométricas”. Un método muy directo.

«Naturalmente –agregó– si prefiere un método más sofisticado, puede atar el barómetro al final de una cuerda, hacerlo oscilar y determinar el valor de ‘g’ (la aceleración de la gravedad) a la altura de la calle y en lo alto del edificio. A partir de la diferencia entre los valores de ‘g’ se puede calcular, en principio, la altura del edificio».

Por último dijo: «Si no tuviera que limitarme a las soluciones físicas del problema podría darle otras. ¡Son infinitas! Mire esta: puedo coger el barómetro por la base, golpear la puerta del portero y decirle: Señor portero, aquí tengo un barómetro de muy buena calidad. Si me dice la altura de este edificio se lo regalo».

El cansón jovencito se llamaba Steven Weinberg, y realizaría en 1967 una de las más portentosas hazañas de la física: la unificación de la fuerza nuclear débil con el electromagnetismo. Recibió por ello el Premio Nobel de Física en 1979.

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