La maestra / Por Jairo Sánchez

Para: Revista Digital Arrierías.

Ese hermoso recuerdo infantil tiene dos personajes que se entremezclan en la evocación de esta bella etapa: el primero: La Mamá, esa mujer que nos enseñó las primeras palabras, guio la dirección del lápiz para hacer los trazos de las letras y  sus ademanes vocales para  introducirnos en el mágico mundo de la lectura y que, además, tiene, para mí, un hecho relevante e inexplicable; solo supe que era analfabeta cuando en su cédula leí:” manifiesta no saber firmar”. Me enseñó a leer, escribir, y las nociones de aritmética, sin jamás haber aprendido lo que impartió.

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El segundo, “la Señorita”, esa mujer cuyo apelativo no se abandonó jamás a pesar de la edad o condición civil. Ella, quien nos recibió en la escuela, pues no había preescolar. Las maestras, de todas las escuelas urbanas y rurales que iniciaron o completaron nuestra primera formación como estudiantes prepúberes.

Esa maestra a quien veíamos venir, desde la distancia, con su paso cansino ascendiendo a pie la loma desde la vereda Monte Cristo a la vereda Cañaveral, habiéndose bajado de la línea, en Barragán Quindío, y llegar a la escuelita veredal donde era recibida en medio de gritos, besos y abrazos porque “la señorita” llegó, y con ella la lectura, los cantos, la escritura y la colada de leche en polvo con la mogolla del recreo.

Esa “señorita”, quien nos hacía contemplar el arco iris doble que aparecía, por las tardes, en la Vereda La Rivera, la misma que nos hizo aprender y recitar “Rin Rin Renacuajo”, para una presentación y que escuchaba el bolero “En Nombre de Dios”, de Jhony Albino y su trío San Juan todos los días. Esa Maestra a quien tiempo después buscamos, sin querer encontrarla, ni verla, entre el montón de cadáveres de compañeritos, mujeres y hombres, masacrados y colocados, como objetos de exhibición, sobre las mesas de carnicería del pueblo.

Cada uno de nosotros, tiene su maestra o “señorita” tal, como inolvidable recuerdo de época estudiantil y, la cual le debemos muchísimo.

En 1968, en una escuelita casi rural de Prado Tolima, durante la celebración del día del maestro, un niño de cuarto declamó una poesía que recoge todo la evocación, dulzura y amor que se le tiene a la “señorita” maestra.

Ese Poema, del argentino Héctor Gagliardi, según creo, pues no es del gran José Ángel Buesa, a quien se le atribuía, palabras más, palabras menos, por lo que recuerdo, y acudiendo a la memoria remota, e irrespetando la fidelidad textual,  dice así:

“La Maestra”

“Tan buena como mi vieja, y como ella, nerviosa.

De las que agrandan las cosas, y que por nada se quejan.

Tenía entre ceja y ceja, esa cuestión del aseo,

y en lo mejor del recreo, revisaba las orejas.

Decía que un pajarito al oído le contaba,

si algún chico conversaba cuando salía un ratico.

Y si un grandote de quinto, armaba la tremolina,

parecía una gallina defendiendo los pollitos.

Nos tomaba la lección, siguiendo el orden de lista,

y obligaba con la vista a seguir con atención.

Yo era medio remolón porque andaba por la jerre,

y cien veces me chasquié al preguntarme a traición.

Se pasaba todo el día, prometiendo malas notas,

y que, en vez de la pelota, estudiaran geometría.

Era mujer, que sabía, de un golazo de volea,

y por eso, en el recreo, los muchachos se rían.

Pero un día………, un día, se enfermó,

y mandaron la suplente, que enseñaba diferente,

y hasta de usted nos trató.

Y nosotros, que se yo, sería mejor maestra,

pero fieles a la nuestra, declaramos el boicot.

Y cuando regresó al aula, después de su enfermedad,

nos pusimos a gritar, y casi la desmayamos.

Y cuando vio tantas manos, que la querían tocar,

de floja empezó a llorar y, nosotros, la imitamos.

Ah, maestra de mi vida,

Cómo estará ya de vieja,

revísame las orejas, soy un pibe todavía.

No sabes con que alegría,

quisiera volverte a ver,

no me vas a conocer,

pero entonces te diría:

yo ocupaba el tercer banco,

al lado de la ventana,

el que abría la persiana,

cuando el sol nos daba tanto.

El que se ahogaba de llanto,

El día que te dejó, y

Que nunca te olvidó….

Y es por eso que te canto,

Vos sos, vos sos, la dulce canción,

De una edad que ya se fue,

Y que nunca volverá,

y hoy he venido otra vez

para darte la lección,

pregúntamela a la traición,

maestra del cuarto grado,

que cuanto me has enseñado,

lo llevo en el corazón.”


Jairo Sanchez

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