Lady Astor, Shaw y el Támesis vs. Churchill / Por Julio César Londoño

En un debate realizado en la Cámara de los Lores en 1940, lady Nancy Astor, la primera mujer que formó parte del parlamento inglés, criticó la propuesta de Winston Churchill de enviar tropas al continente para encarar el avance de los ejércitos alemanes. En un encendido discurso, acusó a Churchill de ser «un alcohólico belicista, un ególatra irresponsable que quiere empujar la nación al abismo de una guerra de consecuencias incalculables».

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Winston Churchill – Foto de la web

Esto era mucho más de lo que el recién posesionado Primer Ministro podía soportar. De modo que apagó su puro y demostró, con un tranquilo y breve análisis, que no había otra salida. Recordó que la guerra era asunto de hombres y hasta se permitió una broma poco galante contra la condición femenina, que fue muy celebrada por el masculino auditorio.

Al final de la sesión los dos coincidieron en el tumulto que buscaba una de las salidas del largo salón de la Cámara de los Comunes. «Si yo fuera su esposa, le pondría veneno en el té», le dijo apretando los dientes la parlamentaria al ministro. «Si yo fuera su esposo –replicó Churchill– me lo tomaría».

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Lady Astor – Foto de la web

Lady Astor, que era una mujer muy inteligente, no pudo reprimir la gracia que le causó la salida, y sonrió. Churchill aprovechó esta fisura en la muralla y se disculpó por la «incivilidad» de su discurso. Ella lo invitó a una copa para demostrarle que no era persona de rencores. Así comenzó uno de los romances clandestinos más famosos y estimulantes de la historia de Inglaterra.

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Luego de vacilar un momento, el joven abrió la puerta del despacho de sir Winston Churchill: “Disculpe, señor: es sólo para avisarle que el Támesis se ha desbordado”. Sin levantar la vista de los documentos que estaba examinando, Churchill susurró: “Gracias, Charles”.

Charles Frazer era un muchacho con un promisorio futuro político, lo que se evidenciaba en el hecho de que hubiera sido admitido como secretario privado de Churchill a sus escasos 22 años. Y aunque sabía muy bien que al Primer Ministro no soportaba las interrupciones, a los 15 minutos no tuvo más remedio que volver al despacho del monstruo.

“Qué pena, señor, pero consideré importante advertirle que las aguas han alcanzado el atrio de Westminster”. Churchill se quedó mirándolo en silencio por encima del marco de las gafas, y Frazer se retiró azorado. Pero regresó poco después. Y aunque trató de parecer tranquilo, su agitación era evidente cuando dijo: “¡Señor, el Támesis ya se tomó Picadilly Circus, Trafalgar Square y la casa de su tía!”.

 Churchill se quitó las antiparras para frotarse los ojos mientras iba lamentándose: “Sin ánimo de ofender, querido Charles, considero que usted resulta más peligroso para mi trabajo que todas las aguas de los ríos del mundo”. Dicho esto, volvió a sumergirse en sus papeles hasta que el ruido de un tumulto, proveniente del pasillo, lo distrajo. Fue entonces cuando advirtió una mancha oscura que, colándose por debajo de la puerta, avanzaba sobre la alfombra. “¿Qué pasa, Charles?”, vociferó.

Inmediatamente la figura del joven apareció en el umbral con los tobillos cubiertos por el agualodo que fluía perezosamente desde el pasillo hacia el despacho. Tras una venia poco profunda, Frazer gritó: “¡Sir Winston: el Támesis!”, acompañando su anuncio con un vasto ademán de bienvenida que el curso de la corriente pareció obedecer.

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El primer ministro inglés Winston Churchill y el dramaturgo Bernard Shaw mantuvieron siempre una civilizada rivalidad –civilizada porque eran gentlemen, y rivalidad porque eran antónimos: Churchill era obeso, conservador, omnívoro, alcohólico y fumador; Shaw, flaco, abstemio, vegetariano y socialista. Pero los unía un sentimiento quizá más alto que el amor, se admiraban secretamente.

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Bernard Shaw – foto de la web

De modo que cuando Shaw hizo la lista de las invitaciones para la première de César y Cleopatra, el primer invitado fue Churchill. «Sir Winston Churchill –decía la nota–. El jueves estreno mi comedia César y Cleopatra. Junto con ésta encontrará dos boletos. Invite a un amigo… si es que todavía le queda algún amigo».

Churchill contestó inmediatamente: «Señor Shaw. Por desgracia, tengo asuntos que atender el jueves en la noche. Pero iré a la segunda función… si es que hay una segunda función».


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