Hablemos De: La Belleza “Tísica” / Por: Jairo Sánchez.

Para: Revista Digital Arrierías.

Él cursaba segundo año de bachillerato, hoy séptimo. De ella, nunca supo si estudiaba, ni su nombre, ni su edad, ni procedencia.

Una mañana, mientras marchaba hacia colegio, la conoció. Caminaba distraído y, de pronto, en una puerta, -de una casa de inquilinato-, apareció una niña con aspecto de ángel. La vio, ella no lo miró, y siguió caminando, por un momento, pensó en esa aparición y sus facciones.

Al día siguiente, a la misma hora, la niña estaba parada en la puerta. Una sola entrada daba acceso a la casa. Hacia adentro era oscura, la primera pieza era salón con piso de tierra. Mientras pasaba pudo, detallarla mejor. Tenía una hermosa cabellera dorada en rizos que caían sobre sus hombros, un núbil cuerpo armonioso y una bellísima cara con preciosos ojos saltones de color verde. Lo más relevante de esta niña era su impresionante color blanco, sin ser pálido, y pálido sin ser blanco. Un color indefinible para él.

A partir de ese día, a la misma hora, siempre estaba paradita en la puerta con un sencillo vestido de tela que la hacía parecer una princesita. Uno de esos días, él le dijo “Hola”, y ella le sonrió. Cuando llegó a la esquina desde donde la casa no se vería más, volteó a mirar a ver si estaba y permanecía en su sitio y le estaba dando “ultimas”. Y sí.

niña

Darse la “última mirada”, o “últimas”, como decía la juventud, se convirtió en el ritual habitual en los días que había clases: ella lo esperaba, el le decía, “hola”, sonreía, mientras seguía hacia el colegio; antes de voltear, se miraban.

Solamente a esa hora, ese ángel salía. En ninguna otra oportunidad la pudo ver. Y tampoco hubo otro tipo de acercamiento durante ese tiempo.

Los días pasaron, tal vez mes y medio. Maravillado, cada día más y más, del color de su piel y el dorado de sus cabellos. Un día, inusualmente, con la última mirada, la niña levantó la manita e hizo el ademán de adiós.

Un día después, desde antes de llegar a aquella casa, esperaba verla, parada, como todos los días, en la puerta. Pero no apareció, y a pesar de mirar hacia atrás muchas veces, no la vio. Sin embargo, algo diferente sintió en su ser. En vez de las consabidas mariposas aleteando en su estómago, sintió un gran vacío, como si todas las mariposas hubieran volado al infinito.

Muy puntual, al día siguiente, encaminó sus pasos hacia el colegio; llevaba la esperanza de verla, como todos los días. Al pasar por delante de la puerta, la niña linda, de color blanco indefinible, no estaba, pero la puerta estaba entreabierta. Pensó: “me arriesgaré y le hablaré”. Se encaminó hacia la vivienda de la pequeña. Mientras se acercaba, la oscuridad de la pieza iba desapareciendo. Cuando estuvo frente a la puerta, de una sola mirada, en una fracción de segundo, vio todo: una sábana blanca colgada de la pared, un crucifijo puesto en la mitad de la sábana, tres sillas metálicas en la salita sobre el piso de tierra, una señora de edad, sentada en una de las sillas, con una camándula en las manos, y, sin mirar hacia la puerta, murmuraba algo. En el centro de la pieza, un ataúd blanco con un cirio encendido en cada esquina.

Era un velorio, lleno de aprehensión. Se acercó, sin ver, supo quien yacía en ese cajón, y lleno de confusión, se decidió a mirar. Con una hermosa corona de flores, vestida de blanco, con su traje de novia de primera comunión, con sus manitas sosteniendo un misal y con los ojazos soñadores entrecerrados, estaba la niña pálida, más hermosa que nunca, como la idealización de un ángel.

Asustado, salió rápidamente en tanto que unas lágrimas se le escapaban. Solamente se preguntaba: ¿Por qué se murió y porqué ese hermosísimo color de la cara y cabello? Recordó que cada día la veía más y más radiante en sus colores, pero taciturna en su apariencia.

No volvió a pasar por ese inquilinato. Al cabo de muchos años la casa fue derribada y construyeron una trilladora de café.

Ese recuerdo latente afloró el día en que, un eminente maestro de Historia del Arte, Euclides Jaramillo Arango, dijo, en una de sus clases que los grandes pintores del renacimiento idealizaron la hermosura de la mujer dibujándolas enfermas, según él, porque esas mujeres cuando la muerte se acercaba, mas hermosas se volvían, y morían jóvenes.

No se ahondó en el tema, y el recuerdo se enquistó en su mente.

Cuando el Estado; después de muchos años de trabajo, le dijo:” el tiempo te pertenece”, quiso verificar las palabras del eminente escritor, y, encontró que, la enfermedad, las señales externas y talvez, padecimientos internos, de la niña blanca pálida, tenía una extensa mención en el arte desde hace siglos atrás.

La literatura trae descripciones que dibujan la belleza adquirida en el transcurso de la enfermedad: María, la niña de Efraín, en la novela de Jorge Issac; María Duplessis, la prostituta, de la Dama de las Camelias; de Dumas. Emily, en Cumbres Borrascosas, de Emily Bronte. Son ejemplos de mujeres que murieron muy jóvenes víctimas del bacilo de Koch,

Niño enfermo
Niño enfermo de Oswaldo Guayasamín

El llamado perfil romántico de esta enfermedad fue plasmado en los lienzos por los más grandes artistas del renacimiento. “Algunos médicos de la primera mitad de nuestro siglo, analizando los retratos femeninos del Renacimiento, han podido descubrir y, sobre todo, interpretar, la llamada por Neumann, «belleza tísica». Dice el citado autor: “. Es un hecho conocido, la persistencia de lanugo fetal en la espalda de los tuberculosos jóvenes y los pediatras saben perfectamente que las pestañas largas se ven con frecuencia en los niños tuberculosos. Esto, conjuntamente con las pupilas dilatadas, hacen que los ojos de dichos individuos ofrezcan una belleza característica: ojos, con grandes ojeras, encuadrados en una cara de color alabastrino, de piel que parece transparente, con dos rosetas muy rojas en las mejillas, dan a las muchachas un encanto especial, que, tan a menudo, han dado ocasión a compararlas con manzanas carcomidas: la llamada «belleza tísica»1.

Simoneta
Simonetta Vespucci

Una de las mujeres que era el ideal de la belleza femenina, fue; Simonetta Vespucci, “la bella Simonetta”, modelo de Botticelli, de Piero Di Cósimo, de Leonardo, hermosa mujer que murió muy joven y, que, Lorenzo el Magnífico la describió de esta manera: “. Su cutis era extremadamente claro, pero no pálido; rosado, pero no rojo. Su porte era serio, sin ser severo; dulce y placentero sin asomo de coquetería o vulgaridad. Sus ojos, vivos, no manifestaban ni arrogancia ni soberbia. Su cuerpo era finamente proporcionado y entre las demás mujeres, aparecía de superior dignidad y, no obstante, libre de toda clase de formalidad o afectación. 2

Hay muchas referencias de obras de arte basadas en la “belleza tísica”.  Anexamos unas pinturas como ilustración. El Niño enfermo, de Guayasamín, representa el dolor de una madre, envejecida prontamente, mirando hacia otro lado para no ver al hijo quien muere irremediablemente ante la impotencia materna, víctima de una enfermedad social como la Tisis.

Durante el Siglo XIX aparecieron poetas románticos que quisieron padecer, ellos mismos, la enfermedad llamada “fiebre del crepúsculo”, pues creían les daba sensibilidad e inspiración. 3

La enfermedad tiene su lado miserable, devastador y social. Sus víctimas preferidas eran los habitantes de los suburbios, donde la muerte alcanzó hasta para reflejarse en novelas y cuadros modernos.

 

Al evocar a la niña blanca pálida, el estudiante cuasi enamorado,  dedujo que la temprana muerte la ocasionó la Tuberculosis Pulmonar, enfermedad milenaria, idealizada y maldecida, pero con señales imborrables de belleza corporal manifestadas en las mujeres enfermas que mueren jóvenes, como la niña del relato.

  1. Aspectos románticos y míseros de la tuberculosis pulmonar, Ángel Fernández Dueñas. 1996-1997.
  2. Testigos de la historia de la Tuberculosis, Publicaciones Ciba, Barcelona, 1973.
  3. Aspectos románticos y míseros de la tuberculosis pulmonar, Ángel Fernández Dueñas. 1996-1997.

 

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