«El idioma es nuestra patria», (Albert Camus).
En Samaria, en una tarde fría de lluvia y de neblina, de esas que invitan a la lectura, a la contemplación y al descanso, mientras disfrutaba del esplendoroso paisaje cafetero en el “Mirador de los vientos” y observando cómo las aves buscan presurosas sus nidos como natural refugio, tenía mi atención puesta en el tema de la importancia de la escritura, del idioma y la palabra, para abordarlo en la siguiente edición de la revista arrierías.
Sonó de pronto el celular, ese elemento intruso en que éste se ha convertido sacándome de la inquietante reflexión; ese dispositivo tan útil pero a veces tan inoportuno que se metió en nuestras vidas para abstraernos de la realidad y que a través de las redes sociales, nos lleva a otros mundos, algunas veces convirtiéndose en verdadera pesadilla por la manera en que llega a afectar nuestra cotidianidad y, que, en mi caso, riñe en gran forma con el deseo del disfrute de la libre y espontánea contemplación de la que gozo con la vida en el campo, aquí en Villa Gloria.
A través de un mensaje virtual me entero de algo que no dudo en calificar de insólito e inaudito; un verdadero exabrupto y, al estar sólo, para mí mismo suelto con rabia la expresión: hasta cuando, no puede ser, que ahora también se persiga y se multe no sólo al que produce y vende empanadas en la calle, sino también a quien vive y cultiva la palabra escrita, a quien crea poesía.

Tal como lo registró en su columna del Espectador el pasado 17 de marzo nuestros insigne escritor William Ospina, con quien tuve la fortuna de charlar durante toda una noche en Sevilla, acompañado de grandes amigos entre ellos mi querido Alberto “El Topo Ceballos” (q.e.p.d.). Según el artículo en mención, fue en la Alcaldía de Usaquén en la que por la intervención desafortunada de un policía, a un joven poeta y escritor se le multó por dedicarse al arte callejero con su vieja máquina de escribir, a la creación de poesía, con el ya trillado argumento de invasión del espacio público. Es Increíble que se persiga a quien, humildemente, de manera bien intencionada, movido sólo por la necesidad de recibir a cambio unas pocas monedas para su subsistencia se dedica a crear espontáneamente unos versos y que se le acuse por ello, de manera infame, como “traficante de poemas”.
Como lo dijo William Ospina en su columna: “lo que en otros países puede representar un buen ejemplo de paz, de reconciliación, de civilización”…en una sociedad que cada vez necesita más de la palabra, por el contrario aquí en Colombia por la forma distorsionada como se aplican las normas, esta acción milenaria de la escritura, se convierte en” un atentado contra la ciudadanía, un pecado contra la cultura y una gran ofensiva contra la legitimidad del Estado”. No saben la importancia que tiene el valorar y defender la escritura y el derecho a la libre expresión; como se señala en el citado artículo: “en los Estados Unidos los escritores están empezando a salir a las calles con viejas máquinas de escribir para rendir homenaje a esos hermosos objetos de técnica más simple y menos contaminante y depredadora que la tecnología actual” **
Recuerdo que en Cali, cerca de la Ermita y junto al boulevard del río en el denominado “parque de los poetas”, en el espacio con las estatuas de los poetas vallecaucanos:Jorge Isaac, Ricardo Nieto, Carlos Villafañe, Antonio Llanos y Octavio Gamboa, que se destacaron en la literatura nacional e internacional, en esculturas que son obra del maestro José Antonio Moreno, es aún común encontrar a varios hombres que aún se ganan también humildemente la vida con el buen uso de la palabra, escribiendo en sus viejas máquinas Brother o Remington, algunos elaborando cartas, contratos y oficios memoriales petitorios y otros, cartas de amor, versos y poesía romántica que todavía algún parroquiano enamorado requiere para sorprender y conquistar a su amada.
También recuerdo que en época de mi juventud , en mi pueblo Caicedonia, se veía diariamente por el parque principal, rondando los cafés y las fuentes de soda a un típico personaje, ya mayor, que se conocía con el seudónimo de “ JASALDAGA”, quien con gracia, imaginación y gran creatividad se dedicaba a escribir poesía, a elaborar versos en forma de décimas con los que relataba algunos de los últimos sucesos del pueblo o a exaltar la vida y obra de alguna persona de la localidad, textos que imprimía de manera sencilla y con ello recogía algún dinero que le ayudaba para sobrevivir.

De igual manera recuerdo cómo uno de los mejores espectáculos de los que se disfrutábamos de niños en la galería del pueblo los días sábados, era de la presencia de curanderos y culebreros que conquistaban al público campesino mediante el uso de la palabra: con sus famosos relatos y gran poder de convicción para vender sus productos mágicos, así como del señor que con un par de loritos que hablaban, vendía los papelitos que contenía mensajes amorosos y el horóscopo para anticiparse al futuro. Igualmente vienen a mi memoria los cuentos fantásticos del tío conejo, de Cosiaca y de Pedro Rímales que en las noches en el campo compartían cerca del fogón de leña los adultos mayores, alternando con las historias de espantos y de brujas, de mitos de la Pata Sola, la Madremonte y el Sombrerón, animados con las trovas del armadillo. Todos ellos, haciendo gala del idioma, del uso de la palabra y del poder de la comunicación.
Reflexiono además en la importancia que para la cultura tienen tanto el cuentero como el cantante callejero, el pregonero y todos aquellos que mediante la palabra encuentran la manera de subsistir en una sociedad en la que todo se ha convertido en mercancía, inclusive la palabra misma, con el mensaje, el texto y la imagen, los medios de información y pienso además, en qué sería de nuestra cultura si no reconociéramos el valor de la palabra, y el papel que para su desarrollo y configuración han tenido los cuentos, las coplas, mitos, relatos, leyendas, refranes, poemas, romances, canciones, décimas, fábulas, piropos, adivinanzas, dichos y exageraciones; los chistes, las creencias, las costumbres, la charla, la memoria, la tradición oral, el alfabeto, los romances , los villancicos. Todos ellos como expresiones de la cultura y manifestaciones de nuestro folclor que definen el lenguaje, recrean nuestro idioma y a través de la palabra, oral o escrita, dan forma a nuestra identidad y a nuestra idiosincrasia.
La ciencia misma, la técnica y la tecnología no hubieran alcanzado su desarrollo vertiginoso sin la palabra; no hubiéramos llegado a la cuarta revolución industrial, marcada por la convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas, las cuales anticipan que cambiará el mundo tal como hoy lo conocemos con avances que casi sorprendidos registramos diariamente desde que el hombre primitivo en su proceso de hominización y en esa interacción de mano, cerebro y lenguaje a través del trabajo, logró registrar en su mente la imagen, luego la idea que se tradujo en fonemas, en palabras y en dibujos e imágenes luego letras que le permitieron dejar escritos como evidencia y testimonio de su historia, con la invención de la imprenta.
La importancia que las imágenes, los textos y los códigos, traducidos en conceptos, modelos y teorías, han tenido para el desarrollo de la cultura y el avance de la civilización. Todo esto reafirma el valor de la palabra, del idioma y con incidentes como el que se nos relata, nos queda un interrogante frente al sentido de lo ético, de lo justo y lo legal, del valor mismo de la norma cuando ésta es mal interpretada.
En este mes de abril en el que justo el día 23 se celebra el día del idioma, vale la pena reflexionar sobre el desarrollo del lenguaje , de la importancia de preservar nuestra cultura, del papel que la palabra ha cumplido en la historia de la civilización y en la sociedad pero ante todo, en la imperiosa necesidad de respetar y valorar a las personas que cultivan el idioma de diferentes formas y a través de diferentes medios para que como lo dice el mismo William Ospina: “porque la poesía no tiene que pedir permiso, que salgan a darle su lenguaje, su creatividad, su rebeldía si se quiere, a la sociedad”.**
“las palabras luminosas se quedaron aquí resplandecientes con el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.»***Pablo Neruda
*Albert Camus-“El revés y el derecho”(1937)
**William Ospina- “De la poesía como delito” En el Espectador 03-17-19
***Pablo Neruda- “Confieso que he vivido”.(1974)
Escrito por Guillermo Escobar Baena en el Mirador de los Vientos
