
Hay algunas personas que reniegan, patalean y lanzan insultos cada que se realiza una jornada del “día sin carro” en cualquier lugar del país.
Pero si los que cuestionan estas jornadas libres de humo y ruido supieran de los beneficios que reciben las ciudades se harían cómplices y promotores de este tipo de eventos.
Aquellos que se quejan del decrecimiento de sus ganancias por culpa de las 12 horas de oxigeno, uno quisiera preguntarles: ¿A dónde va ir su prole mañana cuándo las ambiciones comerciales hayan destruido el planeta?
Estamos convencidos que si seguimos a este ritmo de agravio contra el entorno que habitamos, en un futuro más próximo que lejano, nuestros descendientes sólo conocerán las aves y muchas de las especies animales en las fotos de la nostalgia por el paraíso mancillado.
Mañana cuando acabemos con los ríos que hoy tenemos, mañana, -nos imaginamos- que el dinero acumulado en el ejercicio cotidiano de maltrato al planeta, sólo servirá para comprar un poco de agua que costará más que el metal más precioso de la actualidad.
Somos ese que alguna vez alguien llamo “el simio erguido”, una brizna de ser humano que habita un planeta al que con practicas dañinas nos hemos empeñado en acabar y de verdad que lo estamos logrando. Las estadísticas y los estudios así lo demuestran.
Por eso una jornada como la de el día sin carro, es un día para sembrar la esperanza en la ciudadanía que debería tomar conciencia de que vivimos en un planeta frágil que requiere de nuestro respeto. Esta tierra es nuestra casa y la estamos destruyendo.
Del director
Bienvenidos
Complacidos registramos la vinculación a la publicación «Arrierias» a María Alejandra Yépez y de Aymer Bermúdez. Bienvenidos y gracias por su complicidad.