Sobre el futuro del trabajo… y del hombre / Por Ricardo Escobar Gavivia MD

Para: Revista digital Arrierías.

Este siglo empezó con una referencia tímida a algo que se denominaba la sociedad del conocimiento, una en la cual el trabajo intelectual y los servicios se convertían en la fuerza productiva más importante, y la manufactura pasaba a un segundo lugar. Tímidamente, digo, porque en su momento, aunque todos nos dábamos cuentan que se trataba de una era de cambios impresionantes y acelerados, en realidad se trataba de un cambio de era. Sí, entramos en lo que hoy se denomina la Cuarta Revolución Industrial.

Como todas las revoluciones, los cambios son abruptos, prometedores y, también, preocupantes. La primera revolución fue la agrícola, hace 10 mil años, que estuvo constituida por el paso del hombre cazador y recolector, nómada, al agricultor que dio origen a asentamientos humanos organizados, con normas de convivencia y comportamientos que se fueron sofisticando y transformaron la humanidad.

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Esta estructura solo se modificó cuando la máquina de vapor (la primera revolución industrial) en 1786 transformó el mundo del trabajo y la configuración de la organización social. El desplazamiento del campesino a la ciudad, las grandes fábricas, las moles de edificios para alojar los obreros, el sindicalismo. Esta estructura floreció; nos adaptamos a ella, como nos adaptamos a casi todo.

En 1870 aparece la electricidad; y con ella se ilumina el mundo, se crea la radio, el motor de combustión interna y el automóvil (segunda revolución industrial); y hacia el último cuarto del siglo XX se configura la época de la era espacial, la aviación, los computadores, la energía atómica.

Nótese que el lapso entre una y otra revolución se ha reducido sustancialmente; 10 mil años para la primera, y solo un siglo entre ésta y la segunda, y la segunda y tercera. Pero entre la tercera y la cuarta solo unas décadas.

Pues bien, estamos en la Cuarta Revolución Industrial, la era del internet; de la telefonía celular; de la globalización de los negocios, del conocimiento, de las enfermedades; de las supercomputadoras y los materiales superconductores; de la genómica y la infobiotecnomedicina.

En estas páginas se ha resaltado y exaltado con nostalgia el arriero y la fonda; la mula y las trovas; la colonización a fuerza de voluntad y de machete. Recuerdo las épocas en mi Caicedonia del alma cuando había que acudir a Telecom para hacer una llamada de larga distancia, y cómo ésta tenía que ser anunciada con horas de anticipación para que doña fulanita se acercara a la cabina en el otro pueblo para poderse comunicar. ¿Se acuerdan de los telegramas?

El cambio ha sido abrumador y a pesar de eso, aparentemente tan natural que la noción del tiempo se hace vaga. En 1977 se lanzó el Apple II, primer computador portátil; la World Wide Web apareció al público en 1993; antes del 2007 no existía el iPhone y Waze aparece después del 2013. Y pareciera que han estado allí toda la vida.

Ya no existe Telecom ni telegrafistas; los parqueaderos no necesitan porteros ni cobradores; para ver películas exclusivas ya no existe Blockbuster (murió por no transformarse) porque Netflix fue más visionario. Las guerras serán cibernéticas y durarán segundos (no por eso serán menos perjudiciales); como dice Yuval Noah Harari, hoy mata más gente la Coca Cola que el Estado Islámico.

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La tecnología, la automatización especialmente, que hoy nos hace la vida más fácil, ha generado una revolución en el mundo del trabajo y el desplazamiento de la mano de obra por la máquina es cada vez más evidente. Los tecno-optimistas dicen que esta ha sido la queja que se ha dado en cada una de las revoluciones y finalmente la condición humana ha salido favorecida.

Sin embargo, el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) conducirá inexorablemente a que en algún momento (creo que más temprano que tarde) las máquinas sean más inteligentes que los humanos. Cuando esto suceda, ellas podrán autocorregirse y aprender de sus errores, y evolucionar autónomamente en su conocimiento; además, estarán en red, es decir aprenderán juntas. Ellas asumirán muchos de los roles que hoy desempeñamos los humanos.

El desarrollo biotecnológico tampoco se queda atrás. Hoy existe el conocimiento necesario para modificar la estructura genética del ser humano (ya se ha hecho a costa del reclamo de la comunidad científica), y hacer superhumanos. Se superarán muchas de las enfermedades que hoy padecemos; vivir hasta los 120 años, dentro de 50 ya no será algo excepcional. Hoy podemos producir órganos en el laboratorio; las impresoras 3D ya hacen parte de esta revolución biotecnológica. Las interfaces cuerpo máquina ya son posibles, los cyborgs ya están entre nosotros. Hoy podemos operar a un paciente que se encuentra a cientos o miles de kilómetros. La Infobiotecnomedicina no se detiene; algunos opinan que algún día no muy lejano podremos alcanzar la inmortalidad.

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En las universidades estamos preocupados por el tipo de profesionales (si es que lo deben ser) que debemos formar. A los jóvenes y a las empresas cada vez menos les interesan los títulos; ellos les juegan a certificaciones en habilidades y destrezas puntuales. Cada vez parece más claro que estos jóvenes tendrán que ser capaces de adaptarse a nuevos trabajos por lo menos cada diez años, y tendrán por lo tanto que estar estudiando continuamente para adquirir nuevas competencias.

En lo que las empresas y centros de pensamiento sobre estos temas parecen coincidir es en la necesidad de desarrollar lo que denominan competencias blandas: liderazgo, capacidades comunicativas, capacidad de trabajo en equipo, relaciones interpersonales, actitud positiva, entre otras; es decir fortalecer los rasgos sociales de los individuos.

Definir las competencias duras parece ser más difícil por su temporalidad. Sin embargo, parece claro que están asociadas a los que hoy denominamos con el acrónimo STEM (en inglés, de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemática); estas serán en distintas proporciones las que regirán el desarrollo de las profesiones del futuro.

En los próximos años desaparecerán millones de empleos y aparecerán millones nuevos como muchos que tenemos hoy, impensables hace solo diez años (youtubers, social managers, expertos en inteligencia de datos). La pregunta es ¿qué pasará durante la transición? ¿Los que aparezcan alcanzarán a suplir los que salen del mercado? ¿Las personas tendrán tiempo de adaptarse? Ante estas preguntas algunos líderes mundiales ya se están planteando la necesidad de generar un salario básico universal.

Entre tanto, ¿dónde queda el ser humano? El antropocentrismo ha conducido a menospreciar y hasta desconocer la existencia de otros seres vivos y la necesidad del equilibrio con ellos y el medio ambiente; ¿nuestro afán de conocer y hacer llevará a que homo sapiens pase a un segundo plano y eventualmente desaparezca? Aparecen aquí nuevamente las tensiones entre tecno-optimistas y tecno-pesimistas; y, la necesidad de una nueva ética.

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Y, a los jóvenes en nuestros pueblos ¿qué les espera? ¿Qué están haciendo padres y maestros de escuelas y colegios? ¿Qué hacen nuestras autoridades? ¿Será que piensan que esto es futurología y nunca va a llegar? Ellos serán-son las primeras víctimas (también pueden ser los primeros beneficiados); la sociedad los lanza al mundo del trabajo sin una adecuada preparación y el mundo del trabajo los rechaza. Necesitan mucho más de lo que les estamos dando. Hace cincuenta años los padres “juiciosos” entendían que ser bachiller, aún más universitario, era suficiente para enfrentar la vida. Hoy tenemos claro que una maestría e inclusive un doctorado no resuelve el problema. De hecho, no tenemos clara la respuesta.

Estamos en un cambio de era; la Cuarta Revolución Industrial llegó. Está demostrado que el mayor impacto será en los países y poblaciones más pobres.

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Ricardo Escobar Gaviiria (2)Ricardo H. Escobar Gaviria

Médico y cirujano

Especialista en Epidemiología

Magister en Planeación Socioeconómica

Experto en Educación Médica

Nací en Ibagué en 1962sin embargo, desde mis primeros meses hasta la adolescencia viví en Caicedonia; hijo de familia de forjadores de nuestro pueblo desde sus orígenes. De mi bisabuelo (primer médico de Caicedonia) y padre, Ricardo Escobar Restrepo heredé el amor por la medicina, y de éste también por la educación. A él, me permito afirmar sin falsas modestias, pero con todo el respecto que me merecen otros personajes valiosos de este episodio de la vida del pueblo, Caicedonia le debe el lustre que tuvo el Colegio Bolivariano en sus mejores tiempos.

Soy casado con una caicedonita,Luz Stella Espinosa Reyes, (hija de Primitivo y Nelly) y padre de un hijo médico,Juán David Ricardo, que está terminando anestesiología y se prepara para iniciar anestesia cardiovascular. Ellos son mis principal motor y apoyo en la vida y los amo profundamente.

El Colegio Bolivariano me permitió cultivar un pensamiento reflexivo y crítico.La Universidad de Caldas, de la que me siento profundamente orgulloso, me otorgó el título de Médico y Cirujano y de ahí en adelante me he formado como Epidemiólogo de la Universidad del Rosario y la Universidad CES, Magister en Planeación Socioeconómica de la Universidad Santo Tomás, yEspecialista en Objetos Virtuales de la Educación (OVE) del Centro de Altos Estudios de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI).

Sin embargo, me defino como un educador médico, dado que he dedicado mi vida a velar por la calidad de la formación médica y de los profesionales de la salud del país, durante 28 años en la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina (ASCOFAME), donde fui desde Coordinador Nacional de Centros Escuela hasta Director Ejecutivo; y actualmente como Decano de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Fundación Universitaria del Áreandina en Bogotá y Valledupar.

En mi trasegar he desarrollado múltiples proyectos de impacto nacional para la práctica de la medicina y la formación de médicos de pregrado y especialistas, participando en la reglamentación de las reformas que en las últimas décadas han incidido sobre la educación y la práctica médica. Mi participación aportó desarrollos en la introducción al país de metodologías de investigación y ejercicio profesional comola Medicina Basada en la Evidencia, la organización de las especialidades médico-quirúrgicas (que me llevó asesorar un proceso similar en Perú, con el Ministerio de Salud, el Consejo Nacional de Residencias Médicas (CONAREME), y la Asociación Peruana de Facultades y Escuelas de Medicina (ASPEFAM); la creación de los exámenes de Estado (Saber Pro) para medicina y la capacitación de cuatro mil médicos y profesionales del sectoren Salud Familiar y Comunitaria, para una importante EPS del país.

He participado en las más altas instancias de dirección de varias organizaciones del sector como el Consejo Nacional de Seguridad Social en Salud, la Junta Directiva del Instituto de Medicina Legal; la Asamblea y Consejo Directivo del IETS (Instituto para la Evaluación de Tecnologías en Salud), máximo órgano evaluador de tecnología en salud del país.

Desde hace un año soy el Decano de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Fundación Universitaria del Áreandina en Bogotá y Valledupar, la cual tiene casi cinco mil estudiantes y cuatrocientos docentes en programas de pregrado y posgrado en salud.

He sido honrado con la Gran Cruz de ASCOFAME (2014), con la Orden Humberto Gallego Gamboa, como estudiante meritorio de la Facultad de Salud de la Universidad de Caldas (2013) y con la Medalla Caicedonia al Mérito Cívico (Decreto 099 de 2013).

 

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