Los Libros de papel / Por Jairo Sánchez

Para. Revista digital Arrierías.

En 1930, el insigne maestro Juan Evangelista Quintana dio a conocer su magistral cartilla “La Alegría de Leer”, nunca superado instrumento de lecto-escritura para el primer grado de escuela. Era el texto preferido por los maestros para la enseñanza porque, según el concepto de la Universidad Pedagógica, “Este primer libro es dirigido a la enseñanza de los rudimentos de la lectura y la escritura, Evangelista afirma basarse en un método ecléctico que retoma una selección de los métodos anteriores, las teorías activas y en especial el método ideo visual de Decroly.”

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Más tarde aparecieron cartillas de excelente calidad pedagógica como “La cartilla Charry”, “Coquito”, “Nacho Lee”, entre otras, y con ellas muchos estudiantes, de diferentes generaciones, tuvieron el primer contacto con un libro de papel.

Esas cartillas fueron heredadas por los hermanos u otros estudiantes que las necesitaron. Hoy en día, la posesión de una “alegría de leer”, es un libro de papel de colección.

La escuela, tenía sus limitantes. Era imperioso saber leer, escribir y contar para pasar al grado segundo y, las lecturas memorísticas comenzaban con El Catecismo del padre Astete y los pasajes rebuscados de la Historia Sagrada. Además de los libros de texto de Geografía, Historia, Castellano, de ciencias y las láminas pudorosas de biología.

La escuela precedió al bachillerato. Aparecen nuevos libros Religión, un mamotreto gigantesco del padre Farías, estructurado con basea preguntas cuyas respuestas debían ser memorizadas y eran las que estaban en el libro, y los libros de Historia, de Arrubla, sacerdote jesuita con su visión idealizada de la conquista, los conquistadores y la imposición de una nueva religión en América.

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En este periodo escolar, dependiendo de los maestros, se leían los clásicos griegos, latinos y españoles. Se conocía y leía a los poetas románticos colombianos y latinoamericanos. Estudiantes adolescentes, de ambos sexos, recitaban poemas de amor o decepción y, por mano propia, o por quien tuviera una caligrafía preciosista, se escribían estrofas en hermosos cuadros de papel llamados “esquelas”, para ser entregadas por la mejor amiga o amigo, a la persona amada.

Se leían autores prohibidos: Vargas Vila, Papini, Wilde, Bergier – Pauwles, (El retorno de los Brujos), entre otros. Y si algún compañero comentaba que se había leído un libro donde un hombre se convertía en escarabajo, entonces había interés por Kafka.

No faltaban los libros de Marcial Lafuente Estefanía, autor preferido por sus minilibros sobre el viejo Oeste y cuya trama enganchaba desde las líneas iniciales. Se leían y pasaban en clase, rotándolas cada media hora, pues se leía rápido.

Había, además, una asignatura llamada biblioteca, los estudiantes escogían los libros para leer en el recinto, y podían llevárselos para la casa si deseaban. Aunque esa hora se aprovechaba para hacer las tareas consultando el libro de texto que llevaba el profesor y que muchos estudiantes no tenían.

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En los estudios superiores, cada facultad y docente exigía textos con frases como: “para mañana el capítulo X”, ya fuera un texto de sociales, cálculo, anatomía, química, pedagogía, era obligatoria la lectura y la sustentación. Se leía y leía, y si el libro era de referencia, se debía reservar con anticipación o leerlo en la biblioteca. Los estudiantes de las diferentes facultades se familiarizaban con los autores cuyos libros cargaban en los morrales.

Hubo una época aciaga donde hubo que botar, esconder o quemar libros como: Las Cinco tesis filosóficas, Petróleo colombiano ganancia gringa, Guerra de guerrillas, Las venas abiertas de América latina, la Revista Alternativa, El Capital, entre otros, porque el poseerlos era delito gracias al famoso “Estatuto de Seguridad”.

Con el tiempo las bibliotecas se volvieron virtuales, sin importar el título, o autor, se encuentra en la Red. No es frecuente ver a un docente o estudiante cargando un libro, para eso está el IPad, el computador, o el celular. Y lo que es peor, ya no es necesario leer el libro, basta pedir el resumen. Así le llega al maestro, quien, seguramente, tampoco lo ha leído.

El ejercicio de la lectura iba acompañado, y se acompaña, de la escritura. Al debilitarse una destreza, la otra también se pierde. Los formatos preelaborados, para todo, agudizan esa pérdida.

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Los verdaderos titanes de la educación deberían ser quienes, desde las aulas, enseñan a leer, con el ejemplo, libros de papel.

La lectura es mágica, en 1967, apareció “Cien Años De Soledad”, y, quienes se han deleitado con su lectura, descubren, cuando terminan el libro, que no están leyendo un libro, sino un manuscrito de un gitano llamado Melquiades. Increíble, ¿No?

 


Jairo Sanchez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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