Una historia del sexo / Por Julio Cesar Londoño

Aunque escrito hace 23 años, La mujer de tu prójimo de Gay Talese sigue siendo una fuente inagotable de revelaciones sobre la sexualidad en el mundo anglosajón. En sus páginas uno se entera, por ejemplo, de que en 1864 el gobierno inglés promulgó una ley que obligaba a las portadoras de enfermedades venéreas a usar calzones amarillos como medida terapéutica, y a someterse a tratamiento en salas aisladas de los hospitales, conocidas como “salas de canarios”.

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Que los padres de los muchachos de esos victorianos tiempos los hacían usar interiores con cascabeles para prevenir la masturbación nocturna. (Quizá de ahí venga la expresión “escuchar campanitas” para designar el momento exacto en que uno siente el llamado del amor).

Que aun en los años 50 el sexo oral entre marido y mujer era considerado un delito contra la moral. (Ignoro si la prohibición se extendía a los amantes y vecinos).

Que el vello púbico hizo su debut en el cine ayer nomás, en 1966, en Blow-up de Michelangelo Antonioni. En pintura, el vello púbico había sido develado por Goya a finales del siglo XVIII en su Maja desnuda. Aunque ya en el Renacimiento los modelos posaban completamente desnudos, esos bucles no quedaron registrados en los lienzos por la sencilla razón de que los pintores los hacían rasurar previamente, quizá para acentuar la desnudez.

Después de varios siglos de silvestre pilosidad, la cuchilla renacentista ha regresado. Hoy, una pelvis muy poblada se considera casi tan de mal gusto como una axila femenina frondosa, y la zona depilada ha venido creciendo al mismo ritmo del dramático encogimiento del vestido de baño.

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Por razones que nadie puede explicar con claridad, las nalgas lograron burlar la censura y se pasean orondas en playas y piscinas en ese cínico adminículo, el ‘hilo dental’. Los senos se exhiben altivos en calles y cocteles, pero los pezones siguen siendo un punto tabú por razones no menos oscuras que las que han permitido airear las nalgas. No hace mucho una reina del Valle, Adriana Riascos, fue descalificada en Cartagena por desafiar este tabú en una pasarela. ¿Por qué razón se publica tanto esa presa del demonio, las nalgas, y se ocultan aquellos puntos inofensivos? Nadie lo sabe, es uno de los secretos mejor guardados del inconsciente y es probable que el misterio perdure más allá del descubrimiento de la naturaleza de la fuerza gravitacional.

En la página 176 me entero de que el psicólogo Wilhelm Reich murió en una cárcel de Pensilvania en 1957 por aconsejar la masturbación, por mano propia o mercenaria, como terapia eficaz en el tratamiento de las disfunciones sexuales. No contento con tamaña herejía, afirmó que el sexo era saludable y que las fijaciones místicas disminuían en las personas que vivían sexualmente satisfechas. Pero su muerte no fue en vano. En los años 60 el peliagudo tema se abordaba con tranquilidad en las clases de sexualidad de la mayoría de las escuelas norteamericanas, y la masturbación dejó de ser algo patológico. A principios de los 70 las salas de masajes, que llevaban unos 15 años funcionando en la clandestinidad, empezaron a ofrecer sus manualidades de manera pública y hasta orgullosa.

Cuenta Galese que había una revista pornográfica, Screw, que combinaba sexo y política con buen pulso. También traía una especie de ‘boletín del consumidor’, una sección donde se denunciaba a los charlatanes que ofrecían aparatos para elongar el falo, bálsamos para aumentar la potencia, etc. En su plantilla de redacción había un crítico temible, una especie de gourmet severo que visitaba las salas de masaje, anotaba todos los detalles –el aseo, la atención, la presentación de las masajistas, sus habilidades– y publicaba un parco dictamen: tres, dos, una o cero estrellas. Muchos negocios alcanzaron así el estrellato; muchos, también, conocieron así la quiebra.

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La página 368 define la pornografía como “toda publicación de índole sexual que sea, simultáneamente, lasciva, ofensiva, carente de valor social y de méritos artísticos o científicos serios”. (Ley del 21 de junio de 1973). A esta sensata fórmula se había llegado luego de que los censores se estrellaran durante varios decenios contra los méritos artísticos de las obras de El Bosco, Goya, Pablo Picasso, Walt Withman, Henry Miller, Lawrence Durell, John Updike y Norman Mailler, entre otros sátiros notables. La página 389 simplifica: “Pornográfico es todo aquello que provoque erecciones al juez”.

 La mujer de tu prójimo es un clásico del periodismo por su estilo y por la rigurosa investigación que lo precedió. Por su valor pedagógico debería ser un texto de consulta en las escuelas y colegios. Cinco estrellas.


Julio Cesar Londoño

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