CRÓNICA
Tradicionalmente hay en las comunidades humanas una forma de hacer conocida y hasta trascendental en el tiempo alguna cultura y esta forma de lograr tan esforzada empresa es posiblemente la más vieja; la oral, las historias, el cuento que desde que nace no deja de reproducirse, que se riega y se riega como un virus contagiando los recuerdos de las personas hasta que todos se hagan con él, o hasta que muera el último que lo lleve.
Eso es una historia, eso es tradición, eso es eternidad. Pensarán por qué hablo de eternidad al empezar este texto, y es que, si bien, hablar de un concepto que no oculta su tono trascendental al principio del relato puede ser un poco intimidante, de igual forma no deja de ser pertinente que el lector sepa que al enfrentarse con cualquier tipo de historia ya sea esta falsa o medio falsa, se hace portador del virus, uno que en vez de matar cualquier cosa lo que hace es revivir ese acontecimiento que echó un largo sueño después de sucedido y que volvió a nacer al ser nombrado, que al luchar por no ser olvidado en el tiempo es el quien olvida el tiempo permaneciendo así en el presente.
Ahora es momento de que usted conozca una historia que enriquecerá el valor cultural de una región, una historia de una vida llena de anécdotas que para escucharla hay que tener el oído de un melómano, ya que es contada a ritmo de rock, punk, salsa, bolero, porro, cumbia, jazz, tangos, baladas, entre muchos otros.
Francisco Palacios o “Pacho Palacios” como es conocido en su pueblo natal Caicedonia, es un hombre que ya cuenta con un poco más de medio siglo de vida pero que por sus historias parece haber vivido ya cien años. Un hombre criado en una pequeña finca a las afueras del pueblo en el seno de una familia campesina con notable inclinación musical, la cual, más allá de criar y educar a Pacho lo que hizo fue mostrarle un camino de posibilidades a través de los sonidos.

Doña María Ligia Giraldo su madre, es a quien recuerda siempre con una historia atravesada de una sonrisa en su cara, a quien, a pesar de haber tenido maestros reconocidos tanto a nivel regional como lo es Ricardo Castaño o Juan Carlos Velásquez y a nivel nacional como Raúl Barreto o Juancho Nieves, es la que reconoce como su gran tutora, como la mujer que le ponía orden a su vida; trabajo que al parecer no era nada fácil teniendo en cuenta la energía de adolescente que irradia al hablar con él hoy por hoy a sus cincuenta y cuatro años de vida, y que hace pensar que si así es ahora ¿cómo sería a sus diecisiete?
Seguramente la estrategia de acompañarlo a cada evento musical estando a menos de cuatro pasos de distancia por más de dos horas, escuchando como su hijo ejecutaba su instrumento, juzgándolo de manera crítica como si fuera una especie de conciencia musical, hizo de Pacho, un hombre que vive para la música y que contribuye a que ésta, sea la vida para los demás.
Pacho estudió en el colegio Bolivariano donde más que impulsado por el gusto genético, y llevado más bien por la curiosidad de como acomodar el ruido con un instrumento, inició sus estudios formales de música con el maestro Ricardo Castaño con quien aprendió a leer partitura. No obstante, es apenas lógico que su afición por querer manipular los sonidos no se diera en el colegio. Esto se dio un día que Pacho, aun siendo un niño y viviendo en una finca en Barragán, fue a llevar una leche por mandado de su papá a la finca vecina sin siquiera imaginarse que habría un televisor en la sala la casa, esperando a que se asomara por la puerta para mostrarle sin ningún aviso una guitarra eléctrica y una batería acompañadas por la voz de Mick Jagger de los Rolling Stones, banda que conectaría en un instante y de manera definitiva a Pacho con la música, ya que al escuchar un sonido tan diferente a los pasillos y bambucos a los que estaba tan acostumbrado, y teniendo conciencia de que sonaba tan bien como cualquier otro género criollo, se dio cuenta que lo único que quería era escudriñar en lo más profundo del entendimiento musical, comprenderlo y dominarlo en la mayor medida posible; lo que explica de alguna manera el nacimiento del “Hombre Orquesta”.
El seudónimo de “Hombre Orquesta” se lo ha ganado gracias a la necesidad de querer hacer música con toda la disponibilidad de su cuerpo: en las manos su guitarra, en un pie el Charles, en el otro un bombo y en la boca, una voz comprometida que a veces es reemplazada con la armónica o el pito africano. Todo esto forma una combinación magistral que mezcla de manera virtuosa la melodía, el ritmo y la armonía, dándole así autoridad y razón de ser a su apodo. No obstante, el camino que debió recorrer fue largo para llegar hasta ese punto.
Pacho vivió su primera experiencia de grupo musical con sus hermanos y primos siendo el recurso, el principal patrocinador del proyecto que, a punta de tapas, ollas y flautas improvisadas, le abrieron paso al caicedonita por los diferentes escenarios musicales del país. Más tarde, Pacho se reunió con dos de sus hermanos “los tres negros Palacios” (como él mismo llamó a esa unión) para crear una banda con sonidos más juveniles, haciendo covers de Michael Jackson y Rod Stewart; sin embargo, el proyecto duró poco tiempo, por lo que Pacho viajó a Bogotá y más tarde a Medellín para continuar sus estudios musicales. Posteriormente volvió a Caicedonia y se reunió con dos de sus amigos Gustavo Rincón y Jorge Garcés (actual vocalista de la banda Caicedonita Summertime). Los tres, decidieron montar un nuevo proyecto musical más serio y con ambiciones comerciales en la medida que gran parte de su repertorio era influenciado por bandas de gran proyección para la época como Green day o Nirvana. Más adelante, Pacho hizo parte de una agrupación Sevillana llamada “Sobredosis” con los hermanos Vargas: Carlos, Alex y Henry. Posteriormente a esto volvió a empacar sus maletas rumbo a la capital, aunque esta vez no solo se quedaría allí sino que empezaría una secuencia de viajes por diferentes regiones del país, aprendiendo a tocar toda clase de ritmos e instrumentos, pisando escenarios como el del Festival del Bolero de la Guajira donde pudo tocar la batería y cantar algunas canciones.

De esta forma, su fama empezó a llegar a oídos extranjeros hasta despertar la curiosidad de un grupo conformado por unos chilenos y argentinos de la banda “Trapananda de Chile” en la cual, tocó por un tiempo la percusión. Así, poco a poco Pacho fue enriqueciendo su repertorio hasta tal punto de internarse en un templo hinduista para tocar música védica, haciendo mantras y bayanes, lo cual, lo llevaría al Amazonas donde entre otras cosas probaría el Yagé, experiencias que enriquecerían de manera significativa su lado espiritual que ya bastante importante era para él.
De esta forma, Pacho Palacios fue viajando por todo el país aprendiendo sobre todo a escuchar y a sentir la forma en que se apreciaba la música en las diferentes regiones colombianas. También, a lo largo de su vida aventurera tuvo muchos maestros, entre ellos estaban Gustavo Gutiérrez de Armenia, Javier Laverde, Pedro Nieves (hermano de Juancho), Antonio María Peñalosa, Pacho Galán, el costeño Pedro Arroyo, entre otros.
Por otra parte, movido por esa necesidad nata del ser humano de querer enseñar, toma muy seriamente su rol de maestro y crea su semillero en un momento crítico para la música juvenil en el pueblo con la ayuda de la Universidad del Valle, en la que solo aceptó trabajar bajo la única condición de poder incluir a todo joven que quisiera aprender música estudiara en la institución o no. Entre sus alumnos más conocidos podemos contar a Cristian Cobis fundador y guitarrista de la banda Sevillana Locotina; los hermanos Cristian Felipe Gallón y Julián Esteban Gallón violinistas de la filarmónica de Cartagena y hermanos de Mauricio Gallón el fundador de la banda de Death Metal más influyente del pueblo reconocida a nivel internacional “Mindly Rotten” quienes han tenido la oportunidad de sentarse al lado de Pacho en su bar actual “La bodeguita” a tocar un buen rato ante sus paisanos.
Así pues, Pacho ha hecho de la música una filosofía de vida, una necesidad, un conducto a través del cual se puede sanar, aliviar y ser, ya que para él el mundo y el cosmos están hechos de sonidos, de vibraciones que se sienten en el interior y que solo alguien muy atento y con buen oído sabrá escuchar.

