HISTORIA DE UNA CANCIÓN
Una tarde acudí a la casa de don Luis Ángel Moreno, quien días antes me invitó a visitar el asilo de ancianos El Carmen. Su intención era presentarme al señor Alfonso Osorio Carvajal, director de esa institución.
Compramos en las tiendas algo para los ancianos. No encontramos al señor Osorio Carvajal y pensamos que no debíamos salir sin entregar lo que llevábamos. Recorrimos las instalaciones repartiendo cigarrillos y dulces a los ancianos.
La visita fue deprimente. El ambiente de tristeza y soledad rondaba por los corredores, los patios, las alcobas. La situación de abandono me recordó reos deambulando por pasillos de condenados a muerte.
Sabía que en cada uno existían historias desconocidas. Las arrugas, el temblor de las manos, la conciencia callada de la realidad gritaba con su lenguaje silencioso, amargas verdades a mi alma. El maestro Moreno fue a las oficinas, yo rondé por los pasillos de sombras humanas.
En una banca encontré a una mujer que, en mi niñez, paseando por las calles de Armenia, atraía y hacía volver la vista a muchos hombres tras su hermosura juvenil y el contoneo de sus caderas. La vi sola, abandonada, el cabello enmarañado, sonriendo desdentada, con su mirada nublada y amistosa.

Recorrí varios corredores, escuché el canto triste de un anciano. Guiado por el sonar de su guitarra lo hallé a la sombra de un árbol, rodeado de ancianos de cabezas calvas, con sombreros o cachuchas, que hacían mal que bien segundas y terceras voces. Su guitarra, por la pequeñez y fragilidad de la caja, las clavijas de distinta madera, las cuerdas metálicas (dos primas dos bajos) que tallaban zanjas en sus dedos, el adorno de la boquilla desecho por mil rasgueos, me llevaron a compararla con un cuatro llanero fabricado en cartulina. Otro anciano, de sombrero ajado se acercó con la esperanza de obtener un cigarrillo, contó en lenguaje confuso la historia triste de una vida, que no supe si era suya o ficticia. Paciente escuché, entregué una cajetilla y los dulces que tomaron apurados y alegres como niños.
El coro discordante saludó al maestro Moreno, que venía en mi busca. Estuvimos atentos a la canción y terminamos la visita. Desde la puerta escuchamos los acordes apagados de aquella guitarra, la voz quebrada del anciano entonando “Aquel pasado”, canción que conocíamos.
De regreso comenté a don Luis la tristeza que sentía. Apoyó su mano en mi hombro y dijo:
-“Pienso que el viejito fue buen cantante. Ojalá, mijo, no tengamos que morir en un ancianato, y usted, hágame el favor de controlar sus emociones o se muere antes de tiempo”.
Le hice saber mi intención de escribir una letra sobre la experiencia vivida.
“Escríbala y me la lleva mañana a la oficina”.
La letra me brindó la oportunidad de convencerme y poner en práctica por enésima vez, lo que pienso del origen de mis canciones.
Los procesos mentales los dejaba en mi subconsciente. En algún lugar de aquella inmensa laguna estaban guardados recuerdos que creía olvidados, listos a ayudarme en el momento oportuno. Trasladar las ideas, los temas propuestos por otras personas, lo visto y oído, sucesos de mi pasado, ayudaban a dar una dirección, una especie de orden para encontrar la solución adecuada. No debía forzar mi subconsciente, tenía que dejarle mis ideas primarias, olvidar el asunto, esperar que elaborara imágenes para describirlas.
Después de un sueño intranquilo, antes de salir para mi trabajo, sentado al borde de la cama, escribí varias líneas a lápiz.
A mediodía, el maestro leyó en voz alta:
LA CASA DEL SILENCIO
(ASILO DE ANCIANOS)
Marzo 30 de 1992
Visité la casa del silencio
Y su augusta soledad así me dijo:
Dejad afuera los afanes y el cansancio
Que aquí conviven soledad y olvido
Recorred mis pasillos visitantes,
Y si algo te enseña mi silencio,
Regresad tranquilo hasta tu mundo
Que al final de los años yo te espero
Encontré aquel día en esa casa
A una mujer que ayer fue flor lozana
La vi solitaria envejecida
Tratando de brindarme una sonrisa
Un anciano de mirada entristecida
Por favor un cigarrillo me pedía
Y entre nubes de humo me contaba
La triste historia de un sueño que moría
Conocí en la casa del silencio
Esa verdad que el alma me pedía
Hoy que mi vida cansada y ya vacía
A solas llora mi juventud perdida
Los acordes de una vieja guitarra
Pulsados por las manos de un anciano
Trajeron a mi mente los recuerdos
De una vieja canción que mi alma conocía
De una vieja canción que mi mente repetía
En silencio marcó compases con la mano y pidió: “Pásela a máquina, me la lleva esta noche a la casa. Ya tengo la melodía: es un pasillo”.
Bastaron pocos minutos para descubrir la riqueza musical, espontánea en mi amigo y maestro de composición, don Luis Ángel Moreno Cardona.
Mientras seguía el movimiento de sus dedos pulsando la guitarra, recordé aquella tarde al volver la vista, que las sombras cobijabana muchos ancianos.
