Como piña con sal y limón / Por Óscar Alberto Lizarazo

Por ahí, bien pudo haber sido a principios, o a mediados, o a finales ―vaya uno a saber― del año 1964, pues, solo sé eso, el año, bien pudo haber sido una mañana, una tarde o una noche, ni idea, muy tieso y muy majo, nació don José Evelio Marín, el querido cuñado de todo el colegio Santander, ubicado aquí en Sevilla – Valle (todo un balcón, como dicen por ahí).

Ese del manguito maduro o verde con sal y limón, de la piña en rodaja, solita, para el zalamerito ese de lengua sensible y delicada, y con harta sal y limón “pa’l muchachito” que, si tiene lengua fina, de esos que sudan por ahí jugando fútbolo mamando gallo en el colegio. Sabrá el mismísimo cielo, pero sudan, les da sed y hambre, en los descansos o ya al meridiano. Sí, hambre: de coco o de agüita e coco; de piña, de mango, de mandarina, de mamoncillos de 100 para el que no tiene más, o el que saca un fiado para pagarlo fielmente al otro día, porque eso sí, los clientes de “cuña”, son muy cumplidos, pues: “ellos saben cómo es la vuelta conmigo”, dijo cuña.

Mango

El día que salí por las calles de Sevilla buscando a cuña, hacía un calor espantoso, sabía pues, que si no estaba en el cementerio, estaría aún en el colegio, siendo las tres de las tarde. Creía yo que no, pero por dentro deseaba que allí estuviera para no echar más píe y, precisito, gracias a los dioses, allí estaba cuña.

 “¿Qué más ome´cuñita? Le dije yo (no sé porque se me pega ese “paisayuno” de Sevilla, lo sé soy de aquí, pero no lo uso a menudo), siguió lavando unas vasijitas y me respondió todo alegre “Cuñadito, ¿cómo le va?”, le estreché la mano. Me atrajo el olor a piña, a mango, a zumito de limón, y yo ahí con el “gaznate más seco que estopa”  me apoderé del sillín de la bicicleta con que se impulsa el carrito, respiré y me senté a escucharlo.

Nacido en Dagua y, criado su niñez allí, a los 14 años se desplazó a Sevilla con la familia porque su padre había adquirido una finca por la vereda “Chorreras”, específicamente en un sector llamado “Tochecito”. Mientras que conversábamos allí, me abstraje del eje de la conversación y con melancolía escuché una cancioncita que sonaba en su radio y decía así:

“Cómo me compongo yo en el día de hoy/cómo me compongo yo el día de mañana/cómo me compongo yo, si vivo triste/cómo me compongo yo, me duele el alma…”.

Es que la combinación de esa canción más lo que me relataba, me causó melancolía, fueron desplazados por la violencia, como muchos sevillanos de la época, eso no le dolía mucho, le dolía la finca, le dolía la muerte de su padre, enfermo, tal vez por la tristeza de ser echados; de ver muertos, degollados, picados, baleados. A los 23 años, ya estaba aquí.

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Me contó el detonante de su definitiva huida al pueblo: “mijo, casi nos matan, casi, casi, pero cuando no es el día de uno, no es el día de uno”, respiró, miró hacía donde vivía, con el dedo señaló el monte, hacia el occidente: “de allá nos tocó venirnos, vecino. Unos tipos (los paramilitares) entraron como a eso de las 11.30p.m. mano, y nos cogieron a mi hermano (Guillermo Marín) y a mí, porque un duro de ellos decía que nos robábamos el ganado y demás, y no, obviamente nosotros no, vecino. Entonces, póngale cuidado, nos amarraron a un árbol, no nos mataron, pero eso sí, nos dieron pata, puño y palo, después nos soltaron…y a los días, nos vinimos para acá”. Eso sí, a los pocos días de estar acá, se dieron cuenta que a los malandrines por los que fueron confundidos, que se robaban el ganado, si les dieron plomo.

“La vida para el ‘ventero’ de la calle, mano, es muy dura, porque uno es como invisible, no tiene apoyo” y así es, días antes lo habían sacado de la Real, una de las calles comerciales del pueblo, que porque allí no podía vender, le dijeron: “¿Dónde está el permiso para trabajar acá?” él respondió que no lo tenía, así que el policía le dijo (palabras de cuña): “Entonces piérdase, ábrase de aquí, que no tiene permiso, piérdase o le incautamos eso”. Él decía indignado que qué le iban a incautar si lo que vendía era fruta no vicio, el policía decía que si no entendía o qué, que se largara.  Entonces así lo hizo, guardó su frutica, tomó su carro y se fue.  Es duro, casi lo sacan del Santander, que porque no se podía tener vendedores afuera, afortunadamente él cuadró con la señora de la cafetería, él le daría a ella 4 mil pesos diarios, para poder trabajar allí. Al momentico me dijo que estaba esperando un mango, que no llegó, entonces lo llamaron y le tocó irse.

Al otro día, un miércoles en la mañana, subí temprano al colegio. Allí estaban los colegiales concentrados en el patio, haciendo sus compras detrás de las rejitas, cuña iba y venía, yo me quedé observando un rato: “Cuña, dos vasos de mango verde. Cuña a mí me trae tres” cuña llevó dos y se los entregó a unas niñas, un niño gordito, que estaba al lado, boicoteó a una de las niñas: “oiga pues, esos eran para mí que pedí dos”, la niña le respondió: “¡ve! ya me los trajo a mí, de malas, espere” y le mostró el dedo del medio. Indudablemente eran compañeros. En ese corre, corre, cuña me vio, me saludó, y yo estaba ahí apenado por la interrupción, sin embargo me atendió.

01

Él no sabe leer, ni escribir, hace las cuentas mentalmente, y cuenta, no por número de vasos, sino de frutas: “vendí tantos mangos, de una piña saco cuatro o cinco rodajas y así, mi mujer me hace ya las cuentas en la casa”. Su hijo, su apoyo más grande,fue asesinado hace seis años. Él era prestamista, entonces: “él prestaba así, sin letras, ni nada. Cobraba muy poco. Pero, falta ver, que por no pagarle, unos tipos lo llamaron, lo citaron, y en el sitio donde se vieron, le dispararon tres veces”. El muchacho también trabajaba alquilando lavadoras y le ayudaba mucho al papá. Un día por circunstancias de la vida, de esas horrendas, lo citaron, un sábado casi a amanecer domingo, en un burdel de mala muerte que ya no existe llamado “Disco verde”, dizque para pagarle una deuda, y sin más ni más le dieron tres tiros, murió cuando era llevado  a Cali, no le alcanzó el aliento.

Es por eso que ha sido muy duro para él, tener que pagar tres millones de pesos de gastos del entierro ―que aún no termina de cancelar―, llevando 10 mil cada que puede y recordando cada nada a su hijo asesinado. Porque ni la alcaldía, ni los bancos (ni qué hablar), ni el “doctor” Freddy Omar Osorio, han sido de fiar, y en particular este señor, que un día fue al colegio, y le tendió la mano a cuña, según lo que me contó y le dijo que sí, que eran muy invisibilizados, que no tenían apoyo, pero que eso iba a cambiar y bla, bla, bla.

Ahora estamos a poco de inundarnos de canchas sintéticas, que para poder jugar hay qué pagar…esa vaina del “progreso”. Y suponen que con un carné y un impuesto (que la verdad no sé de cuánto será), les va a quedar mejor el baile. Si aún sin pagar impuesto a “cuña” le va duro, ahora pagándolo, ni idea, vamos a ver qué pasa, puede que días de suerte. Como ese donde se fue a una finca por unos mangos sin un peso, entonces le propuso al señor ayudar allí para pagar medio bulto de mangos, él le dijo que de una, y eso se puso a desyerbar, a limpiar y al otro día, ¡lotería! se llevó una estopada de mango, pero, era duro subirla por esa loma y sin plata para el transporte.

En esas pasó un señor del jornal, cuña le preguntó:“mijo ¿qué cayó Chontico día?”, y sí, precisito el número 946, hombre que alegría, dizque lloró de la felicidad. Porque decía y dice repetidamente y con esa fervencia: “la vida del ventero de la calle es dura, la calle es fea, pero Diosito no se ha olvidado de mí”. Mil amenes ¡Qué belleza, pues!


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