Volver a la huella /Por Ricardo León Peña Villa – qepd

Por Ricardo León Peña Villa (qepd)  – Escritor

De tantas marcas de ciudades que tengo en mi cabeza,
el pensamiento es un mapamundi de recuerdos.

Caicedonia nunca estuvo en mis planes de viaje, ni el azar me llevo por esos lares cuando la geografía colombiana era tomada por mis amigos y yo en la primera juventud. Sólo nos bastaba una mochila y el dedo gordo de la mano derecha dispuesto a ser la señal de viaje, en camiones, carros viejos o en largos trayectos de caminadas.  Fueron muchos los pueblo y ciudades las conocidas y vividas en esas aventuras.

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El Poeta, Ricardo León Peña Villa

Luego me marché a la isla de San Andrés a temperar por más de un año al cumplir los 18. Allí rompí el mapa de mis viajes y sentí que el mundo estaba dispuesto para mí. Después fui al servicio militar y luego, mucha calle con sus noches, largas noches. Mil vidas en una en ese Medellín de los años 80 tan duros para los jóvenes y la gente en general.

Años después llegué a New York, una ciudad soñada desde la infancia. Llegué con los ojos dispuestos a la sorpresa, pero antes debía pagar el derecho a piso que le toca a todo inmigrante.

Oficios varios, nuevas costumbres, largas horas de trabajo, nuevas calles, nuevo idioma, ausencias y en total, otro mundo. Vueltas dio la vida hasta que la ciudad fue mía más allá de saber decir yes.

Clara tenía la idea de que llegaba a esta ciudad a buscar mis anhelos tan diferentes a los de otros inmigrantes que vienen buscando dinero. Yo tenía el verso como compañero desde antes de los primeros viajes y como tal y de tal, iba a vivir. Una locura, dirían mis tías o cualquier otro normal.

Luego vino la toma de edificios en el East Village de Manhattan, donde se hizo una revolución social y cultural por 20 años, de la cual hice parte y que ahora después de los años, siento como una película que vi y me gustó mucho, o una buena novela sentida. Ha sido una historia intensa. No es fácil en esta latitud -ombligo del mundo- vivir del cuento, el verso y la letra.

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Y aquí voy, en esta historia que me atañe, contar mi memoria de una pequeña ciudad llamada Caicedonia. Por supuesto he viajado a grandes ciudades, por referencia, por algún detalle que me atrae o por compromisos. Pero ese viaje del año 2005 a La Ciudad Centinela no tiene olvido en mí. Cinco días intensos, no sólo por ir como invitado al “Encuentro de escritores”, si no por la relación que tuve con los jóvenes del pueblo, con quienes fraguamos grandes complicidades en el verso.

Fue inmensa la interacción, rompimos el esquema del encopetado “Encuentro de escritores” con sus nombres e historias famosas. En mi condición de activista cultural por tantos años, se me ocurrió tomarnos la Casa de la Cultura en un Encuentro con la juventud local, que sin estar en la agenda del ‘gran encuentro’, fue un llamado boca a boca para que los jóvenes vinieran al sábado –cuando ya había concluido la programación mayor-, con sus versos sencillos a leerlos en el mismo escenario donde habíamos leído los mayores. A todos y cada uno les presenté en el escenario, dando dignidad a sus versos innatos, permitiéndoles soñar con el valor de escribir. Increíble fue ese llamado, 69 jóvenes de 7 a 18 años se hicieron presentes.

Para que la visita ahondara la huella, había pedido -el jueves de esa semana- que me llevaran a la cárcel del pueblo, a leerles a los cicatrizados del alma que viven en esas sombras, donde responden a la sociedad por sus faltas. Les llevé un paquete de cigarrillos para que la ronda de contertulios se acompañara de humo mientras les leía mis versos y les contaba historias de este norte donde vivo. Fue grato compartir y aprender de ellos y descubrí a algunos que en las letras encuentran su escape de las rejas. Fue intenso, muy intenso también.

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Con los jóvenes de Caicedonia

Tejer es tejer, me he dicho como constante de la acción. Al sábado, luego de que los jóvenes leyeron sus versos en la Casa de la Cultura, me encaminé con los jóvenes poetas -respaldado por el permiso de los padres- a la cárcel, e hicimos lecturas de poemas en interacción de los presos que escriben y los jóvenes del pueblo.  ¡Qué gran lección para todos! Esas son huellas que no se borran.

También conocí a los mellizos, jóvenes virtuosos en las cuerdas de sus guitarras, y a su hermano el roquero. Visitamos los colegios, compartimos con la juventud, tuvimos noches de bohemia, pero me sorprendió Juan David Barco cantando para mí el tango ‘Rubias de New York’ a sus escasos 3 años. Hice muchos nuevos amigos, admiré la belleza de la mujer caicedonita y no olvido que subiendo la montaña, hay un nacimiento de agua salada en medio de Los Andes.

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Dando una entrevista para la TV en la Normal María Inmaculada

Amo a New York, ciudad donde hago mi vida. Amo a París y a La Habana, a Buenos Aires y a San Juan, y a muchas otras ciudades donde he puesto mis pasos, he escrito mis versos y he vibrado intensamente. Pero son tantas las memorias de plenitud en Caicedonia, que me siento en deuda de volver a esa ciudad pequeña y pujante de gente bonita. Sí, volver para ver en cuántos jóvenes caló la poesía, convocar a otros, abrazar a los amigos y dejar nuevas huellas. Volver allá es una deuda que denoto cuando hablo con amigos sobre sitios bellos en el mundo.

Ricardo León Peña-Villa
Umbrella House, New York

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