Un poder sutil / Por Julio Cesar Londoño

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Julio Cesar Londoño

El perfume existe desde la Antigüedad. Es casi tan viejo como los malos olores, pues nació de la necesidad de disimularlos. Las sustancias aromáticas las usaba el embalsamador para enmascarar los efluvios de la putrefacción, el sacerdote para halagar a los dioses y el amante para embriagar al amado.

En los primeros versos de El cantar de los cantares, el libro del rey Salomón (circa 1000 antes de Cristo) se lee: “Tus besos son mejores que el vino / fragantes como un perfume embriagador. / Bálsamo derramado es tu nombre / aroma que pierde a las doncellas”. (Circa, pequeños, es una locución latina y afectada que significa alrededor).

historia-del-perfumeEn la elaboración de los perfumes intervienen los tres reinos. Los aceites fragantes se extraen de los vegetales por maceración, compresión, disolución y exudación (corte en la corteza del tallo). Se utilizan las flores (rosa, jazmín, jacinto, azahar, narciso, nardo, violeta, manzanilla), las hojas (verbena, artemisa, eucalipto, tabaco, lavanda, melisa, romero, espliego, valeriana), las frutas (naranja, manzana, durazno, limón, mandarina), las cortezas (abedul, sándalo, ciprés, pino, laurel, pachulí) y especies y raíces (vainilla, cardamomo, canela, clavo, jengibre, vetiver, cálamo).

El reino mineral aporta el petróleo y el sulfuro de hidrógeno, que sirven de preservativos. Las grasas animales, que son ancla y excipiente, aportan persistencia y se les atribuye poderes afrodisiacos. (Se usa almizcle, cachalote y castoreo. También una resina vegetal, el ámbar).

Los aceites aromáticos que se extraen de los vegetales se obtienen gota a gota, de ahí su valor. Antiguamente se los conservaba en su estado natural, y recibían el nombre de bálsamos. Luego se los deshidrató para fabricar talcos, o fueron atrapados en grasas animales desodorizadas y el resultado se llamó ungüentos. O absoluto. En las tres presentaciones, el radio de su poder era muy limitado. Dos o tres metros, máximo.

En el siglo XVI un italiano, Mauritius Frangipani, tuvo una ocurrencia feliz: añadió a los bálsamos alcohol, y el perfume echó a volar. Lo liberó de la materia, lo espiritualizó, lo llevó a su esencia más pura y etérea. “¡Qué obra! –aplaude entusiasmado Patrick Süskind–. Sólo comparable a las mayores hazañas de la humanidad, como las obras de Platón, la geometría euclidiana, la transformación de las uvas en vino por los macedonios o el invento de la escritura por los asirios”. (El perfume, capítulo 11).

Los perfumes actuales están compuestos por un 98% de agua y alcohol, 1.99% de grasa y 0.01% de extracto de perfume.

El agua esta ahí por barata. Su misión es proporcionar volumen. Si se vendiera el extracto puro, una onza costaría 20 millones de pesos y el paquete sería tan pequeño que nos sentiríamos estafados. (Algo similar ocurre con las enciclopedias multimedia. Como el CD es tan pequeño, lo empacan en cajas grandes que buscan justificar el precio).

El alcohol es, como, las alas del perfume. Gracias a él las moléculas fragantes pueden atravesar discretamente el salón y golpearte directo en la nariz. La grasa, por el contrario, es un lastre que atrapa algunas de estas moléculas para que el perfume dure una vez aplicado.

Cuando se atomiza, la solución forma charquitos sobre la piel. Estos microscópicos lagos no se escurren por el cuerpo gracias a la tensión superficial del agua –la responsable de que el agua tome forma de gotas– y al poder adherente de la grasa. Poco a poco, el calor deslíe la grasa y libera las moléculas odoríferas ahí atrapadas, y el volátil alcohol las dispara al entorno. Por eso es conveniente aplicar las lociones en el cuello, las muñecas y los tobillos. En esas partes las arterias están más superficiales, su temperatura y vibración aumenta la energía cinética de las moléculas de la loción, deslíe la grasa y acelera el proceso de evaporación del perfume.

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En ciudades altas como La Paz o Bogotá, la presión atmosférica, es decir, el efecto del peso de la atmósfera, es menor que en las ciudades costeras. (En Bogotá la atmósfera es 2.600 metros más delgada que en Cartagena, digamos). Esto hace que los perfumes se expandan muy rápido al ser aplicados, y se disipen. En términos técnicos, se dice que en las regiones altas la atmósfera está enrarecida (baja densidad) y el perfume se expande con demasiada prontitud. Por esto se recomienda usar lociones ‘pesadas’ en regiones altas y, por simétricas razones, lociones ‘livianas’ en tierras bajas.

Las estaciones son otra variable a considerar cuando de elegir lociones se trata. En las estaciones cálidas es conveniente usar lociones menos alcohólicas que en las frías porque el calor aumenta la volatilidad de la solución y la fragancia se evapora en poco tiempo. Resumiendo, el contenido alcohólico debe ser inversamente proporcional a la temperatura, y el peso a la altura.

Los fabricantes niegan que en la actualidad se utilicen jugos secretos de las hembras en las fórmulas de las lociones masculinas, o de los machos en las femeninas, pero sus declaraciones no son muy fiables. Y menos hoy, cuando el perfume es un producto puramente erótico, un filtro moderno, una feromona sintética, un mensaje sutil que promete en silencio superficies mullidas, luces tenues, atmósferas fragantes, delicadeza y perversión, fuerza y levedad. Entre sus ingredientes el  perfume lleva siempre un dulce veneno.

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Todo este universo de olores sería imposible de no ser por la existencia de un órgano que consideramos meramente estético, la nariz, y de una función que nos parece secundaria, la olfativa. Consideramos espantoso perder la vista, por ejemplo, y se habla de ello con frecuencia pero nadie teme perder el olfato. He reflexionado sobre esto y concluido que se trata de un desprecio de origen lingüístico: de las cinco funciones sensoriales, la olfativa es la que más nos cuesta verbalizar. Podemos distinguir muchísimos olores (varios millones, calculan los fisiólogos) pero arruinamos esta fina sensibilidad porque no sabemos nombrarlos.  Los olores son, pues, invisibles no sólo al ojo sino también al oído. Y como nuestra realidad es gráfica y verbal, lo que no pueda ser visto o nombrado es como si no existiera.

El lenguaje aún no logra atrapar los olores. Por eso tiene que recurrir siempre, para nombrarlos, a la fuente odorífera. Así decimos olor a gas, a quemado, a tierra mojada, a eucalipto, a pan caliente –lo que es tan pobre como señalar, para nombrar­las, las cosas con el dedo.

Poseemos, en cambio, un rico arsenal para nombrar los colores sin hacer referencia a objetos paradig­má­ticos, y sabemos clasificar los infinitos matices del espectro luminoso en sólo siete grupos, cosa que debemos agradecer por igual a la agudeza de la vista y a los físicos.

Los músicos han organizado los sonidos del mundo en graves y agudos, los han diferen­ciado con timbres, «colores», bemoles y registros, y medido con tonos, octavas, compases, corcheas y decibeles.

Aunque sin gozar de tanta precisión, el tacto y el gusto disponen de clasificaciones atinadas y de vocabularios generosos (lo pegajoso, lo arenoso, lo suave y lo áspero, lo flácido y lo firme, lo terso y lo rugoso, lo viscoso y lo fluido; lo ácido, lo empalagoso, lo amargo, lo dulce, lo salado, lo crocante, lo suave, lo burbu­jeante, el cuerpo­, el bouquet, el espíritu), y también pueden prescindir en sus descripciones de las referencias paradig­máti­cas.

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La función olfativa no cuenta, todo hay que decirlo, con un órgano tan desarrollado como el ojo o el oído. El olfato carece de orienta­ción –es incapaz de decirnos por sí sólo de donde proviene un olor–, es casi insensible a olores leves y lo embotan fácilmente los fuertes. Cuando los perfumistas, el cromatógrafo de gases y los futuros nasólogos hagan con los olores lo que los físicos y los músicos han hecho con la luz y el sonido, es decir, clasificarlos sin mayores ambigüedades, quizá entonces el lenguaje pueda nombrarlos con más precisión. Entonces, estoy seguro, oleremos mejor.

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