Cuando durante más de treinta años se han recorrido diferentes niveles de educación: preescolar, primaria, y secundaria, en la denominación anterior, y la universitaria, en el oficio de docente, y, posterior al retiro, se hace un balance y una reflexión acerca del trabajo y se reitera la consabida frase “es que antes si se enseñaba”, surgen dudas de la trayectoria personal y del dicho.
Una cosa si es cierta: los docentes de los años 50, 60 y parte de los 70, en las escuelas y colegios eran verdaderos maestros forjados al tesón de su propio esfuerzo, algunos solo tenían la primaria, otros el bachillerato y otros, eran normalistas. Su vocación superaba la formación, y quienes fuimos sus alumnos nos asombrábamos de su conocimiento y jamás cuestionamos su idoneidad.
Con las pocas herramientas de entonces, estudiaban, se actualizaban y daban el ejemplo a sus estudiantes.
Muchos de esos estudiantes, por necesidad, vocación u oportunidad, pero sin padrinos políticos llegaron a las aulas a solicitud de un director, de un rector, o por iniciativa propia. Y, al ejercer su función magisterial, dado que no había centros de formación pedagógica, acudían al ejemplo de sus maestros: exigencia, reglazos, cumplimiento, disciplina, formaciones con órdenes militares, memorización, recitar textos al pie de la letra, y pérdida del año por décimas en la calificación, así fuera una sola materia. Además, ese maestro novato debía enfrentarse a las visitas de los Inspectores quienes después de las valoraciones podían echarlo a la calle.
Además de la carga laboral de tiempo completo, mañana y tarde. Actividades extracurriculares, como música, pintura, deportes, contacto directo con los padres y muchas más. Actividades que se realizaban como inherentes a la función, con gusto, dedicación e imaginación.
Con el tiempo llegó la profesionalización, (finalizando los sesenta y comenzando los setenta). El maestro accedió, por sus propios medios a la universidad, nocturna, por supuesto, y luego de 5 años obtenía el título de Licenciado, es decir con licencia para enseñar. Antes de su pregrado debía pasar por la tortura, nuevamente de la práctica docente, en la Universidad, ante sus compañeros, y en la escuela o colegio, delante de sus alumnos y supervisado por un profesional que muchas veces daba una nota negativa por pequeños detalles y de esa manera se perdía el semestre y se repetía la práctica.
La universidad formó docentes con profundos conocimientos en el área de su interés: matemáticas, sociales, biología, química, filosofía, español, entre otras, pero el centro de su atención no fue el alumno, sino el docente.

El código escrito, fue, y sigue siendo, el principal medio de aprendizaje, y siendo el estudiante el objeto del proceso, poco a nada se cuestionaba sobre la recepción del mensaje. Si se asimilaba, el alumno pasaba, en caso contrario, perdía o repetía.
La pedagogía no tenía clínica, en el contexto médico, y solo si los hechos eran muy protuberantes, se les dedicaba atención.
El maestro entraba al aula de clase y su “metodología” era homogénea, general, radical y muy poco individual. En su trayectoria pedagógica no le habían dado herramientas para identificar, ayudar y sacar adelante niños y niñas con problemas de aprendizaje tales como:
Autismo, Discalculia en sus diferentes manifestaciones: verbal, practognóstica, léxica, gráfica, ideognóstica y operacional. Disfemia, Dislalia, Disgrafia, disléxica y motriz, Disortografía, Dislexia. Déficit de atención, Déficit de memoria, déficit de comprensión, y alteración de la lectura comprensiva, entre otros, sin incluir los síndromes de Tourette y de Asperger, presentes en niños y niñas en proceso educativo.
Así, el docente mandaba a sentar, y con la mínima calificación, al alumno que, al salir al tablero, se quedaba mirándolo sin hacer nada. O que al decir “en cinco minutos recojo el examen”, lo hacía y algún niño o niña he suplicaba que le diera más tiempo. O calificaba mal a aquellos que no podían leer bien, o no podían elaborar la letra PALMER y cursiva.
Errores que cometía al maestro de manera inconsciente, porque la escuela que tuvo fue el ejemplo de sus maestros, o porque la escuela pedagógica que lo formó no lo capacitó.

Hoy, en el solaz de la jubilación, y cuando el aprendizaje continúa, se recapacita sobre estos errores y se desearía volver al aula y en vez de ser un transmisor de datos, cálculos, ecuaciones, fórmulas, nombres que solo con mnemotecnia se aprendían, ser un receptor del entorno y tener un enfoque diferente al que una vez se tuvo.