Celebrar un aniversario de nacimiento cada año puede representar para algunos algo intrascendente, sin embargo, superar el horizonte de vida promedio que se considera alrededor de los 72 o hasta los 80 años en nuestro tiempo de modernidad y , llegar a los noventa de existencia, constituye ya un acontecimiento mayor, no sólo para la persona que los cumple sino también para su familia, si se tiene en cuenta el tiempo pasado y las condiciones difíciles en que su infancia debió transcurrir.
El pasado 21 de enero arribó a sus 90 años Inesita Jaramillo Escobar, una de las pocas matronas que aún quedan en el municipio de Caicedonia para dar testimonio de una época y poder contarnos a viva voz en su acogedora casa, con lucidez y encanto, haciendo gala de su extraordinaria memoria, maravillosas historias que nos permiten hoy recrear mentalmente esos escenarios en los que les correspondió vivir a nuestros ancestros.
La charla en la que compartió con recatado humor y gran sentido picaresco, la asumí como un agradable juego, como si nos entráramos en un túnel del tiempo y retrocediéramos de una manera mágica a vivir lo que experimentaron mis abuelos, padres y tíos a principios del Siglo XX para ubicarnos en el año 1929, en el que nació Inesita un 21 de enero, y estaríamos a sólo 19 años de haberse fundado nuestro pueblo natal, Caicedonia. Recién se había firmado el acta de fundación por un pequeño grupo de pobladores, entre ellos uno de nuestra familia, el Tío Zenón Baena y a sólo 6 años de haber sido reconocido Caicedonia como Municipio del Valle del Cauca (1923) ya que antes era un corregimiento de Zarzal.

Veíamos entonces a Caicedonia en esa recreación, como un pequeño caserío apenas en proceso de conformación entre calles destapadas, en terraplén, aún sin pavimento, en las cuales sólo la actual carrera 16, denominada calle del recreo y la 15, eran planas ya que las demás presentaban una topografía irregular con algunas pendientes y cañadas, alrededor de las cuales se fueron construyendo las casas aprovechando los solares previamente medidos, donados algunos y vendidos otros por la sociedad Burila, casas que eran levantadas en madera con enchinados de guadua y esterilla y algunas, inclusive, con las camas también en guadua clavada y con cercas en redondo para protegerse de los animales salvajes, como el oso. Allí me acordé de la figura que aparece en nuestro escudo, del oso al que se enfrentó y venció don Zandalio Guerrero. *

Ese pueblo naciente pero pujante había sido sin embargo, como pocos, planificado desde su fundación ya que al trazar muy bien, en perfecta cuadrícula sus generosas calles, carreras y avenidas también se había planeado donde quedarían ubicadas la plaza de mercado, escuelas, colegios, ancianato, hospital, comunidad religiosa, parques y matadero, como pocas ciudades lo pueden contar. A pesar de que la región era rica en aguas, aún Caicedonia carecía por esa época de acueducto y alcantarillados; se empezaron a construir casas de dos plantas de bahareque con solares grandes al fondo sembrados de frutales, plantas ornamentales y lindos jardines; eran aún algunas casas con inodoros de hoyo, letrina y bombas de agua. Había sí, en ese naciente poblado ya negocios de abarrote, de construcción, sastrerías, pesebreras, bares y cantinas, cacharrerías y hasta teatro.
Me contó Inesita que desde mucho antes del 3 de agosto de 1910, fecha en la que se firmó el acta de fundación, ya los colonos y vecinos, muchos llegados de Antioquia, de Sonsón y de la Unión, como era el caso de nuestros parientes de la familia Baena y Escobar, aún en tiempos del oso y del tigre, habían llegado a tumbar montañas y a aserrar madera para construir y levantar sus fincas comenzando con sembrados de maíz, frijol, plátano, caña, pasto y posteriormente el café, posiblemente después de 1915.
Me contó que la labor del campo era la actividad más importante y fue a la que se dedicaron con esfuerzo y sacrificio nuestros abuelos y nuestros padres desde que llegaron de Antioquia a lomo de mula, y en bestias en las que venían las mujeres, trayendo también a los niños y niñas más pequeños cargados sobre las enjalmas pero en canastos a lado y lado. Sólo los más grandecitos, como José Manuel, mi Padre, tenían que caminar con el resto de los mayores que conformaban la caravana de esperanzados emigrantes en jornadas que debieron durar 14 días hasta llegar a la estancia de la Albania, cerca de Calarcá, donde unos familiares.

Escuchaba fascinado el relato según el cual mi abuelo Gregorio, labriego y aserrador, con la abuela Rosaura, al igual que sus demás hermanos, se ubicaron inicialmente en las veredas del bosque en la finca El Porvenir y otros, en el Frontino. Por eso Inesita explica que fue bautizada a los 9 días de nacida, en la escuela de la quiebra que era “de tabla parada”, cercana a las veredas del Bosque y el Frontino, y sus padrinos fueron su Tío Arturo y nuestra Tía Ascensión.
Para formarnos una idea de los sacrificios que debieron pasar para sacar adelante su familia y su proyecto de vida, debemos recordar como los hijos mayores que trabajaban en las fincas, para contribuir con el sustento de la casa se ganaban apenas sesenta centavos al día jornaleando o aserrando, un kilo de carne valía cincuenta centavos, un caballo o una vaca costaba ciento cincuenta pesos y una casa en el pueblo se podía comprar por 1.200 pesos.
La casa de Inesita, ya próxima a cumplir cien años de su construcción, cuyo lote costó setenta pesos en 1920, es la misma casa que hoy aún queda y se conserva como pocas en el pueblo, es un buen ejemplo de la arquitectura paisa. Dicha casa, con su amplio solar, su aguacate y su palma de corozos en el patio que tanto disfrutamos en visitas desde niños, fue construida por don Alfredo Jaramillo, su querido Padre, quien fue un hombre de gran prestancia y reconocimiento en el pueblo llegando inclusive a ser Concejal, fue también carpintero y constructor; en sus primeros años fue el propietario de la primera funeraria, que prestaba el servicio de traslado de difuntos de la Iglesia al cementerio en un elegante carruaje tirado por dos hermosos caballos.
Tiene esta amplia casa de dos plantas, las características propias que muestran la manera particular como construían en la época: casas levantadas en su mayoría con el material más apropiado del momento, como eran la madera y la guadua, lo conocemos como “bahareque”.
Consta de altas paredes para las amplias piezas, levantadas con una estructura sobre marcos de madera con vigas verticales y horizontales con brazos transversales, cubiertos por una “esterilla de guadua”, combinando su estructura en madera redonda y guadua, bien reconocida por su resistencia y maleabilidad. Este estilo de construcción, refleja una fusión entre los patrones culturales españoles, con sus techos inclinados y la cultura indígena de la región por el uso del barro; adaptada además al clima con un diseño y construcción sencilla pero confortable y cómoda, que no solo representan un gran legado cultural sino uno un ejemplo de las pocas que aún se conservan en la Caicedonia actual ya enfilada hacia la modernidad, y en la que poco se conserva este patrimonio arquitectónico tradicional.
Me relató también que la Tía María, la Madre de Inesita y, don Alfredo, su señor Padre, conformaron un lindo hogar en 1925 en el que se dedicaron a velar por su pequeña hija, y a sacar adelante su negocio de carpintería y funeraria; compartían diariamente en sus primeros años en su modesta vivienda aún en construcción, con Arturo, el Tío solterón, quien trabajaba también la carpintería, en compañía de personajes como Alberto Villa, quien desde joven, cuenta Inesita, animaba su jornada de carpintero cantando boleros, y Honorio Taborda (q.e.p.d.).
Veían todos crecer rápidamente a esa hermosa e inquieta pero juiciosa niña que iba diariamente a la escuela primaria, la cual quedaba a pocos metros de su casa, en una edificación ubicada en la carrera 16 con calle sexta, (que ya no está) y lugar al que llegaron las hermanas Vicentinas por gestión que adelantara el Padre Roldán, quien inició la construcción del templo actual (1938) y con las hermanas religiosas que posteriormente fundarían la Escuela Normal María Inmaculada, hacia el año 1940.

También me contó Inesita que la carpintería de don Alfredo y su funeraria, que funcionaban en el primer piso de su casa ubicada en la carrera 16 conocida como Calle del Recreo, fue el espacio de los recuerdos y vivencias en su primera infancia que transcurría plácidamente bajo el cuidado y afecto de sus mayores. De especial recuerdo para ella, además del pueblo, del colegio, de sus compañeras y primeras maestras, fue también infortunadamente la época en la que por la calle del recreo bajaban muchas veces las mulas y después los Willys cargados de muertos, de personas que habían sido sacrificadas en la zona rural en la época de los 50 y los 60 en la violencia partidista que nos azotó.
Terminé la charla felicitando a Inesita por sus 90 años de existencia y deseándole fervientemente que por muchos años pueda seguir contándonos esas historias que nos permiten hoy comprender cómo esa generación de nuestros abuelos y nuestros padres fue la que sembró la semilla para que pudiéramos darle un sentido a nuestra existencia hasta llegar a ser hoy personas de bien y a servir a la sociedad de manera responsable. Larga vida para nuestros mayores y que no se pierda el valor que tiene la tradición oral para fortalecer nuestra identidad cultural.
*Nota: Nuestro escudo de Caicedonia fue diseñado por el Padre Tobías Henao García y pintado por el maestro Israel Bernal.
Por Guillermo Escobar Baena, en Samaria, Pueblito de la cultura cafetera, en la finca Villa Gloria, en el “Mirador de los vientos” .