Emigrar.
Tengo la certeza de que quienes, como yo, un día decidimos o tuvimos que dejar nuestra “Centinela” para radicarnos en diferentes lugares con la esperanza de un mejor futuro para los hijos, anhelos de ayudar a la familia en Colombia o empezar a construir una carrera en el extranjero -como es mi caso-, hemos sentido en algún momento ese sinsabor de no pertenecer totalmente a ninguno de los dos sitios. En las palabras de Facundo Cabral lo que nos pasa es que sentimos que no somos de aquí ni somos de allá.

Indiscutiblemente hay un sinfín de retos que conlleva el emigrar: aprender un nuevo idioma, dejar atrás la comida de la abuela, intentar encajar en una nueva cultura y vivir con la incertidumbre del día que podamos regresar a casa. Sin embargo, todos estos retos se quedan cortos al momento en el que regresamos a nuestro pueblo y nos damos cuenta de que ya no somos tan Caicedonitas como pensábamos.
En mi caso, hice el primer viaje en el que el agua del grifo me indigestó, en que las picaduras de los mismos zancudos de hacía unos años me causaron una reacción alérgica muy notoria. Desde entonces en todos mis ires y venires me cercioro de sólo tomar agua embotellada (incluso cuando voy a un restaurante la pido), de tomar medicamentos que me ayudan alivianar las picaduras de los zancudos y una cantidad de otras costumbres que en otro tiempo me hubieran parecido pura y simple zalamería. Es, precisamente, cuando esto sucede, que nos damos cuenta que ya no somos totalmente como los de aquí pero que irónicamente tampoco como los de allá.
Esa falta de pertenencia nos obliga a crear nuestra propia identidad, a buscar personas que pasan por lo mismo y, eventualmente, a gravitar alrededor de otros colombianos orgullosos de sus raíces pero adaptándose a su nuevo hogar. En mi caso no me puedo quejar pues me ha ido muy bien con esta adaptación. Logré vivir mi infancia y adolescencia uniendo mis distintos gustos culturales, las características sociales que adquirí de ambos países y dos idiomas que domino en su totalidad. Ahora entrando en mi adultez soy parte de un grupo de colombianos en la Universidad de la Florida que tenemos como objetivo común dejar en alto el nombre de nuestro país donde sea que estemos.
En esta etapa universitaria es en la que más he disfrutado mi mezcla de costumbres y nueva identidad. Aprendí a ver esa falta de pertenencia a un solo lugar como una fortaleza y no una incomodidad. Ser de origen colombiano y criada en Estados Unidos me motiva cada día a hacer el esfuerzo doble por salir adelante porque soy consciente de que tengo la oportunidad anhelada por muchas personas. En muchas ocasiones en conferencias de trabajo y entrevistas he sido testigo de cuanto valor le agrego a una empresa.
Como inmigrante me desenvuelvo mejor en una conversación gracias a mis dos idiomas, tengo una calidad humana característica de Colombia; no discrimino ni juzgo el trabajo de nadie por su apariencia ni origen porque sé lo que se siente y tengo el tacto un poco más desarrollado que mis colegas porque en casa me enseñaron que antes de ser ingeniera era persona.
Finalmente, he aprendido a apreciar y agradecer esta fusión de culturas que, viéndolo en retrospectiva, me han convertido en una persona de mente abierta, concisa pero sensible, alegre y muy orgullosa de sus raíces Caicedonitas.