De los libros de mi biblioteca hay uno que no presto a nadie, Los secretos de una casa de David Bodanis, una novela sobre reología y algunas sutilezas del mundo microscópico. (La reología es una rama de la ingeniería de alimentos que se ocupa del olor, el color y el sonido de los alimentos procesados).
Allí supe que no nos acostamos sobre las sábanas, como siempre hemos creído, sino sobre un tapete de ácaros, un escarabajo diminuto y de color lechoso que vive de las escamas cutáneas que estamos mudando a diario. Este bicho habita también en las cortinas, las toallas, las alfombras y los trapos de la cocina, y se columpian, en racimos, en las pestañas de las personas más asépticas. Viven echados patas arriba con la boca abierta aparando el epidérmico maná. ¡Qué envidia!

El «tapete» mencionado lo forman millones de ácaros vivos y cascarones de ácaros muertos. Su cuerpo está blindado por una coraza de placas articuladas y cubierto por unos pelillos muy sensibles. Tiene agujeros que le sirven para comer, respirar, copular y defecar. Posee 8 patas porque hace 300 millones de años pertenecieron a la misma línea evolutiva de las arañas, pero mientras éstas se convirtieron en grandes carnívoros los ácaros optaron por un destino gris y tranquilo, y marcharon por la descansada senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido.
Cada ácaro expulsa por las válvulas anales unas 20 bolitas de excremento al día. El 90% de ese polvo dorado que flota en los rayos de sol de los interiores de las casas, está formado por bolitas y cascarones. El resto es, básicamente, escamas cutáneas, humores, fibras textiles, pelos de baja densidad y partículas de comida y de minerales en suspensión.
En la página 30 leemos que el secreto del éxito de las bebidas carbonadas (p. e. la Coca Cola) es que producen un dolor bien calculado porque su principal ingrediente es el dióxido de carbono, un excelente estimulador de un nervio de la lengua y el paladar, el trigémino, que produce salivación y una sensación punzante (un efecto semejante se logra si mordemos reiterada y suavemente la punta de la lengua). Ese burbujeo que nos cosquillea toda la boca, esa «chispa de la vida» es la sumatoria de miles de micropinchazos del dióxido sobre el trigémino. (Por debajo del umbral, como lo sabe cualquiera que haya recibido un mordisco de amor, el dolor puede ser una sensación placentera).

El agua carbonada la inventó el químico inglés Joseph Priestly en 1770, cuando cogió las burbujas de malta fermentada que los cerveceros arrojaban a la atmósfera, las introdujo a presión en una botella con agua y probó la mezcla resultante. Las burbujas eran lo que hoy llamamos dióxido de carbono (CO2). Así vio la luz la primera soda.
En 1888 un farmacéutico de Georgia añadió a la soda azúcar, cocaína y otras porquerías, llamó Coca Cola al resultado y lo presentó al mercado como un jarabe para «blanquear los dientes, limpiar la boca y sanar encías delicadas y sangrantes». Por desgracia la cocaína se suprimió en 1903, cuando ya la Coca Cola, probada su inutilidad medicinal, había sido degradada a un refresco no muy popular. Poco después se le añadió un ingrediente mágico, la publicidad, y el brebaje tocó el cielo Y así, con CO2, que es casi tan barato como el aire, agua, azúcar y colorantes, se amasaron montañas de oro. Y sin pizca de plomo: los alquimistas estaban equivocados.
En el capítulo 3 se lee que los 254 tonos de los lápices labiales son rojos, color que significa «estoy a punto», o tierras: «soy distinta». A principios del siglo pasado los labiales se fabricaban con cera de abejas, que aportaba la consistencia, aceite de oliva, para darles fluidez, y se coloreaban con cadáveres de insectos macerados y desecados. Pero este ingrediente se ponía rancio a las pocas horas de aplicado y las bocas de las damas olían a «guardao».

Ahora todo ha cambiado, y el rouge se fabrica con lo más escogido de la ciencia cosmética, palabra que viene de cosmos, orden. De manera que cuando ellas dicen «voy a arreglarme», son puntualmente etimológicas. En el centro del lápiz hay ácido, que es lo único que puede ‘morder’ los labios con la profundidad suficiente para que el color resulte intenso y duradero. Para que sea untable se añaden jabón, aceite vegetal hidrogenado y aceite de ricino. Para darle a estos líquidos su sólida y fálica forma, se usa una parafina derivada del petróleo. Y para que el galán no perciba estos antirrománticos olores se vierte un perfume concentrado en la mezcla antes de que se enfríen todos los aceites. (Estos perfumes, como nadie ignora, se extraen de los jugos más íntimos de las hembras). El «brillo», finalmente, que da a los labios esa apariencia de recién besados, se logra con una solución hecha de escamas de pescado pulverizadas y disueltas en amoníaco.
Dije al principio que Los secretos de una casa era como una novela. La comparación es injusta. El libro no es tan jarto. Por el contrario, es una inteligente lección sobre muchas cosas menudas (la afeitada, la papa frita, los resortes, los plásticos, la regeneración del aluminio, la mosca, los dentífricos, el esmalte de uñas, los helados, el estornudo, etc.); un libro donde aprendemos como debe ser, con alegría.